Restaurando a Vitruvio:

La Ciudad Perfecta no debe ser hermosa, sino sexy.

Gerardo Pereira-Menaut

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 Resumo. Vitruvio non di que a cidade perfecta teña que ser sólida, útil e fermosa. Di que ten que ser atractiva, cos atributos de Venus, deusa do amor. Esa atracción está vencellada a un gran programa histórico-político que debe ser posto de manifesto na urbanística e na arquitectura.

Abstract. Vitruvius did not state that the perfect city had to be firm, useful and beautiful. He says that such city should be appealing, so as Venus Godess of Love is. This kind of attraction is incorporated into a huge political and historical plan. Architecture and Urbanism serve to that plan: to make it real in every-day life.

I

 Es muy conocido el pasaje de Vitruvio en el prefacio del libro VI, donde cuenta que Aristippus philosophus socraticus naufragio cum ejectus ad Rhodiensium litus animadvertisset geometrica schemata descripta, exclamavisse ad comites ita dicitur:”bene speremus, hominum enim vestigia video”. Aristipo, filósofo socrático, habiendo sido arrojado a las costas de Rodas, tras sufrir un naufragio, como advirtiese la presencia de unos dibujos de esquemas geométricos, dicen que exclamó ante sus compañeros: “no desesperemos, pues veo huellas de hombres”.

 La primera pregunta que podemos hacernos es acerca de la supuesta relación de implicación entre un esquema geométrico y la actividad humana. No es posible que Aristipo y en general cualquier estudioso (o casi cualquier persona) de su época no conociese sales minerales cristalizadas en sus perfectas formas geométricas, desde la sal común hasta el cristal de roca. Tenía que saber que aquellos perfectos cristales no debían nada a la acción humana, como tampoco las telas de las arañas, y sobre todo las euclidianas celdillas de las abejas, que Aristipo habría de conocer. Sin embargo, y si como siempre se ha entendido, los esquemas geométricos que ve Aristipo estaban dibujados en la arena de una playa, creo que todo el mundo pensaría lo mismo que él: aquello lo había dibujado un hombre. Porque todos sabemos que sólo los hombres hacen dibujos geométricos en la playa con un objeto punzante. Líneas rectas o curvas, zig-zags, círculos, triángulos, polígonos diversos, que aun no bien ejecutados nos parecen y son huellas seguras de la mano del hombre. ¿De cualquier clase de hombre? Del texto de Vitruvio y del contexto general de la obra se infiere que se trata de hombres civilizados, que conocen la Geometría. Ésta es presentada, en efecto, como elemento angular de la Arquitectura y de la Urbanística, disciplinas ambas consubstanciales a la civilización, entonces y ahora, a pesar de los cambios que hubieron de sufrir ellas dos y la propia civilización.

 Soy consciente de que estoy utilizado el concepto de ‘civilización’ en un sentido restrictivo, pues muchos pueblos históricos o actuales no han tenido nada semejante, y esto los sitúa en una posición marginal o secundaria, incluso de inferior categoría. En el moderno debate sobre la romanización, por ejemplo, hemos visto que quienes reniegan de tal  concepto han preferido olvidar el término ‘civilización’ y en su lugar utilizan ‘cultura’, y como todas las culturas son culturas y ninguna lo es menos o más que otras, la romanización ha podido ser definida como una fusión de culturas, la romana y la de los montañeses del Norte de Hispania, comparativamente muy atrasados, por ejemplo. Con lo que la civilización romana resulta eclipsada por tales nuevas ideas, que algunos llamarán democráticas, porque eleva a los pueblos, a todos, a un nivel superior. En esta ceremonia de confusión resulta que los pontífices máximos eran cualquier cosa menos inocentes: los descendientes de los incivilizados bárbaros a los que se les acusaba  -indebidamente-  de haber destruido la civilización romana, es decir, ingleses, alemanes, daneses, escandinavos y otros, se han tomado la revancha y han reducido la romanización a la “R-question”, algo innombrable. Pero Aristipo y Vitruvio tenían razón, sobre todo si por ‘civilización’ entendemos algo más que Arquitectura. Y no importa que esta sea una visión etnocéntrica por occidentalista. Hoy por hoy, ‘Occidente’ significa mucho más que Arquitectura o planificación urbanística; significa también algo relacionado con el Derecho en general y con los Derechos Humanos, y si lo olvidamos tendremos que esperar el día en que, como decía un colega alemán, Okzident sonará sólo a pasta dentífrica.

  II

 Los agrimensores romanos llamaban ratio pulcherrima a la perfecta disposición u ordenación del territorio de una ciudad, incluyendo su núcleo urbano, a partir de dos ejes rectilíneos que se cruzaban en perfecto ángulo recto en el centro del núcleo urbano. Todo estaba determinado desde ahí. La centuriación de las tierras se basaba en vías rectas, cruzadas en ángulo recto, paralelas a las dos principales. Cuando la naturaleza del terreno no permitía hacer las cosas así, se adaptaban a montañas y valles u otros accidentes, pero sin olvidar nunca que sólo la fuerza de las cosas hacía recomendable olvidar la rationis pulcritudo.

 ¿Qué explica esa pasión antigua por la Geometría, en particular por las redes ortogonales de la urbanística hipodámica, que en el mundo hispánico se continúan en época medieval, cuando se ensaya una planificación ex novo, y se llevan después al Nuevo Mundo, creando verdaderas joyas de la Urbanística en ciudades de planta reticular cuadrangular, *pulcherrimas donde las haya, como la de Caracas, la de Cienfuegos en Cuba, en parte la de Lima y tantas otras?[1]

 Pulcher no significa aquí ‘hermoso’ sino ‘excelente’, algo llevado a su perfección, a un acabado perfecto (lo que, por cierto, ¿supone una cierta forma de belleza?). ¿Por qué ese cuadriculado integral era considerado el más perfecto? ¿Por qué las centuriae son siempre cuadradas? ¿Qué magia tiene el cuadrado, o qué propiedades que no tengan otras formas poligonales? En la planificación del territorio y en el trazado de las parcelas el cuadrado tiene, desde luego, ventajas evidentes. Es la forma más adecuada para aprovechar el trabajo del arado, que sólo se pierde un poco en las esquinas cuadrangulares; es lo más adecuado para dividir una superficie, ya sea con fines de aprovechamiento o de división de uso o propiedad. En definitiva, así han de ser las cosas si queremos que las vías entre cardines y decumani sean regulares[2], si ha de haber una planificación urbanística. En el núcleo urbano las cosas serán distintas, toda vez que no todas las casas son del mismo tamaño, no todas las calles de la misma anchura, ni todo el plano es regular, con sus edificios y espacios públicos magníficos frente a las casas de habitación. El plan urbano más adecuado para  controlar y dominar los movimientos de la población y evitar revueltas, como bien sabían Napoleón III y el Barón de Haussmann que remodeló París y lo ‘geometrizó’, también huye de las curvas y las aglomeraciones informes.

 ¿Y en cuanto a la belleza? El concepto es muy insuficiente, incluso pobre, para una respuesta imposible. Lo de verdad imposible es responder a la pregunta ‘¿qué es la belleza?’ cuando se trata de Arte y Arquitectura, o al menos lo es para U. Eco, como él mismo escribe en su bellísima “Historia de la Belleza”[3]. El Modernismo, bien vivo todavía hace sólo un siglo, y la posterior evolución de la Arquitectura y de la Urbanística, muestran la pobreza del concepto y de la idea de belleza corrientes, y la cerrada vinculación de las modas, y de las ideas sobre lo bello, a los avatares de la Historia. El Modernismo es (o al menos también es) una revuelta total contra los cánones clasicistas anteriores, en todos los órdenes: una nueva pero evocadora imagen-idea de la mujer parece no necesitar razones para presidir la nueva escena; cuidado con la línea recta, breve pero improductiva, que cuando no se puede evitar, se puede esconder y disimular. Bienvenida a todas las curvas que tampoco necesitan disculpa para hacerse omnipresentes, llenándolo todo de sensualidad no inocente. Recordemos que en Alemania el Modernismo se llamó Jugendstil (Estilo Juvenil) y en Austria, directamente, Sezession. ¿Debemos pensar que esta arquitectura minimalista actual de formas cúbicas o ‘cajas de zapatos’ es un regreso a la obediencia de aquella estricta gobernancia, esta vez ejercida por aquellos que, parafraseando a C. Cavafis, quieren tapiarnos el mundo sin que nos demos cuenta? ¿Qué concepto de belleza y qué proyecto social hay detrás de la forma de una caja de zapatos? Quizá no hay ninguno. Diríase que la gran pregunta, la más difícil de todas, a saber, la relación entre forma y belleza, ha perdido su vigor.

 Volvamos a Vitruvio. Quizá su más conocida propuesta, al menos en el mundo de la Arquitectura y la Urbanística, es aparentemente aquella de Arch.1,3,2 según la cual una ciudad debe ser sólida, útil y hermosa.  Pero Vitruvio no dice eso. Veámoslo más de cerca.

 En el libro 1,3,1 habla Vitruvio de las partes de la Arquitectura. La primera de ellas es la aedificatio. Está ésta dividida en dos partes, la primera es la colocación (collocatio) de las murallas y de los edificios públicos en lugares públicos, y la segunda la de los edificios privados. De entre los edificios públicos distinguiremos unos destinados a la defensa de la ciudad, otros a la religio y otros a las necesidades prácticas (opportunitates).  A las necesidades prácticas pertenece la disposición de los lugares de uso común,

 uti portus, fora, porticus, balinea, theatra, inambulationes ceteraque, quae isdem rationibus in publicis locis designantur.

como los puertos, los espacios abiertos, los pórticos, los teatros, los baños, los paseos y aquellas otras cosas que con el mismo objeto se disponen en los lugares públicos.[4]

 Continúa en 1,3,2:

Haec autem ita fieri debent, ut habeatur ratio firmitatis, utilitatis, venustatis

Estas obras públicas deben ser hechas de modo que sean sólidas, útiles y  *venusíacas.

 No existe ninguna palabra española que traduzca adecuadamente venustus-a-um[5].  Es claro que una cosa venusta participa de las propiedades o de la naturaleza de Venus, como la cosa robusta tiene las del robur y algo vetustus tiene las de aquello que es vetus.  Es decir: una cosa venusta debe ejercer sobre el sujeto una atracción, debe suscitar amor o deseo de esa cosa. Debe ser, como decía la arqueóloga portuguesa Teresa Soeiro, paseando en una clara mañana primaveral por Compostela, “é uma cidade muito apelativa”. Como en la conocida expresión inglesa sex-appeal.

 ¿De qué predica Vitruvio esa condición, la venustas? En contra de lo que habitualmente leemos, no lo predica de la ciudad, sino de los edificios y lugares públicos oportunos para la vida de la ciudad. Para la vida pública, para la vida en sociedad. Es en esos edificios donde el usuario de la ciudad se pone en interacción con los demás usuarios, donde se socializa, donde vive en verdad como miembro de su comunidad. Con otras palabras: donde la vida de la comunidad, en tanto tal, se hace realidad práctica y se refleja. Pero esto no es todo.

 En el prefacio se dirige Vitruvio a Augusto para dedicarle su obra, y explicarle por qué no la ha escrito antes. Si ahora se ha decidido a hacerlo es porque (Praef., 2)

 Cum vero adtenderem, te non solum de vita communi omnium publicaeque rei constitutione curam habere, sed etiam de opportunitate privatorum publicorumque aedificiorum, ut civitas per te non solum provinciis esset aucta, verum etiam ut maiestas imperii publicorum aedificiorum egregias haberet auctoritates…

Pero habiendo observado que no sólo has querido hacerte cargo de la vida diaria de todos los hombres y de la constitución de la respública, sino también de aquello que conviene a los edificios privados y públicos, de modo que no sólo  se engrandeciese nuestra comunidad con nuevas provincias, sino que también se manifestase la majestad del Imperio en la magnificencia de sus soberbios edificios públicos…

 De modo que los *venustos edificios públicos son los símbolos visibles de la grandeza de Roma. Con otras palabras: del éxito del proyecto político y civilizatorio de Roma. Esto es lo que el usuario de la ciudad percibirá cuando se vea rodeado por esos edificios, compartiendo el sabor del éxito con sus conciudadanos. Allí podrá saber qué significa la leyenda Felicitas Saeculi (algo así como “bienestar social de nuestro mundo”) de las monedas que usa. Ni que decir tiene que no sólo con edificios se conseguiría dar a los ciudadanos esa sensación de éxito histórico, pero ese es otro tema. La venustas de la ciudad en su parte pública es, sin embargo, un requisito imprescindible.[6]

 ¿En qué reside la venustas? Empecemos diciendo que el city-appeal no reside en la forma de las cosas, de los edificios. Si así fuese Vitruvio podría haber utilizado la palabra formosus, opuesto a ‘amorfo’, de donde procede la nuestra ‘hermoso’. Aquí empieza a descubrirse el misterio.  En 1,2 explica Vitruvio en qué consiste la Arquitectura, cuáles deben ser sus propiedades. 1,2,3: la  eurythmia se consigue cuando las partes del todo están en buena proporción, la altura con la anchura, la anchura con la longitud; cuando todo está presidido por la symmetria. Entonces habremos conseguido una obra venusta, dice expresamente. Por su parte, la simetría no es, como pensamos ahora, la igualdad de la forma a ambos lados de un eje central, sino (1,2,4) la armonía que se establece entre todas las partes del todo, que deben estar en conveniens consensus entre todas y cada una de ellas para formar el todo. En resumen: la venustas no se alcanza en la forma ni el tamaño de las cosas, sino en el diálogo entre sus partes. Y hay que añadir, sin el menor género de dudas: y en el diálogo entre las cosas, es decir, el diálogo entre los edificios, los espacios abiertos, los pórticos y cualesquiera otros elementos del paisaje urbano. Es éste es el que deber ser venustus, el que debe provocar un city-appeal, el amor del usuario de la ciudad, que se convierte en amor hacia lo que ésta representa.

  III

Las flechas del amor que dispara Cupido, cumpliendo las órdenes de su madre Venus, no siempre aciertan. A veces no dan en el blanco, y otras veces dan en un blanco erróneo, y no producen ningún efecto. Todo puede fracasar si Venus no se ha puesto su famoso cinturón, el cingulum Veneris, sin el cual no puede ejercer su divina función. Esto dice la leyenda antigua, que dio pie a F. Schiller para que en su precioso ensayo Über Anmut und Würde (Sobre la Gracia y la Dignidad), publicado en 1793, hiciese clara distinción entre la simple belleza y la gracia o atractivo: la belleza, por sí misma, no atrae, dice. Es necesario algo más, para alcanzar la gracia. Lo necesario es ejercer la belleza, ponerla en movimiento. De modo que la capacidad de enamorar, como en Vitruvio, no está en la forma, sino en algo más. Y no siempre se consigue, aunque la forma sea perfecta. El amor depende de un “no sé qué”, dice S. Juan de la Cruz, en aquella poesía:

             Por toda la hermosura

            Nunca yo me perderé,

            Sino por un no sé qué,

            Que se alcanza por ventura.

 Si Vitruvio, cuando dice que la ciudad, en esa parte más socializada, pública, debe ser venusta, era consciente de que estaba afirmando que el trabajo del arquitecto no era suficiente para conseguir la ciudad perfecta, sino que era necesario algo más, quizá inaprehensible, indefinible, tenemos todavía más razones para ver en él al padre de la Arquitectura. Vitruvio se vale de la explicación mitológica para decirnos que no siempre la belleza formal lleva al amor. Igual que S. Juan de la Cruz en su explicación mística. Todo esto se dice de otra manera: “Sin centralidades significativas, las ciudades dejan de funcionar como integradores culturales de significados diversos. Sin catedrales, no hay significado trascendente, y sin trascendencia, las identidades culturales segmentadas se convierten en tribus urbanas. En ausencia de puentes simbólicos entre los espacios no comunicables de los lugares y el espacio global, ahistórico y básicamente instrumental de los flujos, podemos contribuir a la gestación de la crisis de la civilización urbana”[7] (sub. mío).


[1] “La Ciudad Hispanoamericana. El Sueño de un Orden” (Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo. Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo. Madrid 1989) contiene magníficas reproducciones de los planos originales de éstas y muchas otras ciudades, que parecen salidos del gabinete de estudios de Vitruvio, y no sólo por la disposición de calles y casas, sino también por la continuidad en la búsqueda de la ciudad perfecta, el Sueño de un Orden.

[2] Cardines son los ejes o vías Norte-Sur, decumani se llaman los de dirección Este-Oeste.

[3] U. Eco (a cura di), “Historia de la Belleza” (Barcelona 2005) pág. 9 ss.

[4] No parece que fora se refiera aquí a la plaza central donde se sitúa la curia etc.

[5] Tampoco en inglés, como decía el arquitecto Oscar Naddermeir en un comentario a la traducción de Sir Henry Wotton (1568-1639), en una nota dactilografiada de 1992, accesible en Internet. La habitual traducción por ‘belleza’, entre nosotros, no es correcta.

[6] Los barrios de habitación no están olvidados. Vitruvio los trata en los libros 6-7. Es bien conocida la protección a la estética de las casas privadas en las ciudades romanas, por ejemplo en Digesto 39,2,46, una responsabilidad obligada de sus propietarios.

[7] M. Castells,”La cultura de las ciudades en la era de la información”, en I. Susser (ed.) La sociología urbana de M. Castells (Madrid 2001) pág. 487.

Nota: esta reflexión es una versión alterada de mi participación en el homenaje a M. Rabanal Alonso publicado en León 2012.

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