Sobre Mil ríos y el nuevo hilemorfismo

  Federico L. Silvestre

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 Estamos hechos de agua. Al menos de niños se nos explica que un setenta por ciento de nuestro cuerpo es agua. Claro que no resulta descabellado afirmar que se trata de un agua sucia porque, cuando nos cortamos, la cosa no parece cristalina. Considero hasta paradójico que haya una relación entre la vida y esa apariencia sucia. Desde luego, el agua cristalina de las piscinas tiene muy poca vida y, a la inversa, el agua sucia de los ríos está cargada de la misma. La arquitectura lleva dos siglos persiguiendo la limpieza del diamante y, aunque en la tendencia de ciertos cristales a auto-organizarse se intuya el origen de la vida, es claro que su excesiva pulcritud podría considerarse cuestionable. ¿Podemos nosotros, pobres bacterias de sucios cauces, salir entre diamantes adelante?

A medida que nos acostumbramos a habitar entre fríos cristales, nos alejamos de los sucios ríos reales. De hecho, el inconfesable sueño de la ‘Generación-Ipad’ consiste en convertir los ríos en piscinas amoldables. Para construir la presa de las Tres Gargantas en China se utilizaron tres millones de toneladas de cemento concreto y, en el procesado de las aguas para su uso, se echa mano de miles de kilos de cloro al año. Por supuesto que no cabe ponerse excesivamente románticos porque, como afirman las autoridades, toda esa agua solo abastece las ‘humanas necesidades’. En todo caso, ¿cómo se define aquí la idea de ‘necesidades’? Y, ¿hasta qué punto, incluso dándolas por buenas, no pueden considerarse estos modos de cubrirlas algo cuestionables?

El tema es tan importante que llevamos toda nuestra historia dándole vueltas. Y, hasta los artistas, se han ocupado de él desde hace cientos de años. Entre ellos, Bachelard distinguió los que entendían bien el río porque participaban de su ‘intimidad húmeda’ y los que no atinaban con las palabras porque no conectaban con las aguas. Dicho esto, ¿por qué considero que en Mil ríos se esconde una respuesta interesante?

Mil ríos es el nombre de la última obra de los fotógrafos gallegos Herbello y Sendón, y a responder dediqué una hora en un seminario organizado en Manlleu el jueves 16 de octubre por la tarde (‘Paisaje, patrimonio y agua’). Para resumir, introduciré un pequeño balance. A lo largo del siglo XX los artistas han tenido a bien acercarse al tema del río de formas extremadamente diferentes y por eso mismo inquietantes, formas que esconden bajo su superficie muy diversas ‘potamologías prácticas’. Abreviando, podría decirse que existen, tanto unos artistas de  los fondos, como otros de las superficies, tanto poetas de lo profundo, como poetas del reflejo y las corrientes.

En las maravillosas obras que David Nash, Alberto Carneiro y Richard Long le dedicaron a los ríos entre 1978 y 1979, descubrimos un retorno íntimo y primario al agua. Sin duda, Bachelard reconocería en ellos a toda una generación de nuevos anfibios, artistas que obviamente aspiran a formar parte del río. Pero su reconocido énfasis en el budismo también sugiere la senda de cierto tipo de nihilismo. Tanta razón tienen los cauces que incluso llevan razón cuando nos matan o cuando ahogan a nuestros seres queridos. Y, aunque nos llamemos Hamlet y se trate de nuestra Ofelia en el acto Cuarto, no podemos ni debemos luchar contra la corriente del río, pues lo sabio radica en dejarse llevar por ella.

Frente a ese budismo de las profundidades avolitivas capaz de abortar cualquier conato revolucionario, en los años ochenta y noventa aflorarán los poetas de las superficies y los espejismos. En las obras sobre el río de maestros como Axel Hütte o mi admirado Perejaume, no descendemos a la memoria universal o a los ritmos estables que no confunden, sino que nos demoramos en las formas inaprensibles e incesantemente mutantes. Como en las aguas de los rápidos, todo es frágil en ese mar de representaciones y reflejos inestables. Por un lado, quizás detrás de todas ellas se esconda una alteridad o naturaleza estable, pero resulta difícil escapar antes de la cárcel de nuestras muy volátiles imágenes (Perejaume) y, por otro, no sabemos como aprehender su naturaleza porque casi siempre se presenta como un ‘caosmos’ circundante (Hütte).

La consecuencia del énfasis en lo acuoso, fluido y volátil ha sido la emergencia de un idealismo psicótico que desde los noventa maniata a cierto arte que apenas puede responder a nuevos retos prácticos. Desdibujada toda identidad y aceptada la idea de que todo es representación y flujo, ya no hay moral ni verdad, sino solo acuosos conflictos sin solución. No hay una esencia del río porque todo es apariencia y representación. Y si todo es representación el río es mi representación. Como ha señalado Fontcuberta, la más clara afirmación de semejante deriva es la lenta sustitución de ríos físicos y cimas por los fríos montes y limpios cauces de código, sustitución que en la ‘Generación-Ipad’ no es una simple metáfora.

Ahora bien, puestos ya en contexto, ¿por qué destaca ahora la aportación de Mil ríos de Sendón y Herbello? Si destaca, no solo se debe a la indudable calidad de algunas de sus imágenes, sino a la capacidad de la obra de superar los extremismos. Si en los setenta cierto Land art parecía apostar por un retorno al lodo y a la experiencia fluvial matérica incluso cuestionando el valor de los esfuerzos humanos por remontar las corrientes de agua (tesis), y desde fines de los ochenta la democratización y pujanza de las técnicas de todo tipo nos metió en esa furia simulacral postmoderna que tendió a ahogar la voz del sucio río en mil reflejos cristalinos excesivamente codificados (antítesis), con Sendón y Herbello hemos empezado a intermediar entre ambos extremos apostando por un tercer tipo de relación con el río que recuerda la llamada Mixed Reality (síntesis).

El proyecto consistió en recorrer en canoa todos los ríos gallegos. Para ello, los fotógrafos se dieron el plazo varios años y la experiencia resultante puede resumirse en tres pasos. En un primer momento, Sendón y Herbello parecían querer volver atrás, volver a los setenta renunciando a la cámara y a la representación, rebozarse por los mil ríos gallegos con su cuerpo y con su piragua como había hecho Alberto Carneiro; incluso, en la medida de lo posible, dejar que fuesen el río y el paisaje los que hablasen para luego apuntarlo en su cuaderno de bitácora. Sin embargo, en un segundo momento, renunciaron a la apuesta meramente corporal y centrada en la experiencia sustancial volviendo a la forma y a la fotografía. Tras algunas expediciones se dieron cuenta de que realmente querían captar lo que veían, esas extrañas perspectivas muy poco conocidas que ponían de manifiesto que el paisaje era algo más que un conjunto de representaciones heredadas. Fue así como empezó a cobrar forma un cuaderno de bitácora, lleno de anécdotas y descubrimientos, pero cubierto de espejeantes imágenes fotográficas. Ahora bien, superando también los clásicos debates en torno a la representación, en tercer lugar S&H introdujeron en su proyecto el dibujo de sus recorridos captado por el GPS, pasando del paisaje recorrido al ciberpaisaje.

Me interesa subrayar este último punto porque, gracias al mismo, la obra comienza a completar un largo camino que parece ponernos en la senda de la futura Mixed Reality y del más antiguo hilemorfismo. Demostrar que las máquinas dibujantes pueden convivir y completar con sus imágenes codificadas nuestras sustanciales experiencias en los sucios ríos reales parece contener una lección de potamología práctica. Pues no se trata ni de renunciar a todo lo que hemos creado en favor de cierto mítico retorno a la Nature, ni de crear tecnologías que nos distancien de los cauces que riegan nuestros campos.

Por lo demás, esas ligeras nociones de ética esconden toda una apuesta filosófica. Para el que no lo recuerde, lo que se sostuvo hace siglos con el primer hilemorfismo no fue que el río fuese solo esencia o solo apariencia, sino ambas cosas a un tiempo. Por eso decía Heráclito que nunca te bañas pero siempre te bañas dos veces en las mismas aguas. Porque en ellas entramos y no entramos, pues son y no son las mismas, igual que ocurre con nosotros.

Por fin, el azar viene a completar el cuadro. Pero para saber más sobre el epicúreo gesto del ‘artista invitado’ mejor les remito a la página de los fotógrafos comentados.

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