ADMINISTRACI√ďN NEUR√ďTICA VERSUS ARQUITECTURA PSIC√ďPATA (y III)

Javier Fern√°ndez Mu√Īoz

Arquitecto municipal de Santiago de Compostela

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Las normas no lo pueden regular todo. En cuestiones culturales, la din√°mica de intentar ‚Äúatar‚ÄĚ cuanto suceda en ‚Äúla vida‚ÄĚ regul√°ndolo, es infructuosa. Siempre iremos por detr√°s, a√Īadiendo nuevos enredos a un laberinto sin fin cuyo origen, generaci√≥n y sentido ya casi no somos capaces de recordar. Deber√≠amos apoyarnos m√°s en conceptos como la formaci√≥n y la responsabilidad y en mecanismos de trasparencia.
Por eso insisto en que deber√≠amos incidir en clarificar y detectar qu√© es lo que interesa discutir y qu√© no. Qu√© es lo que realmente debe estar regulado y qu√© no. Qu√© debe ser zanjado administrativamente y qu√© resultado de un proceso de aproximaci√≥n que incorpore la connotaci√≥n de un eficaz ‚Äď o por lo menos fruct√≠fero a la larga – filtro cultural, que no puede ser objeto de una falsa discusi√≥n t√©cnico-administrativa.
Un proceso que adem√°s debe ser trasparente y accesible a la sociedad general, en el que √©sta participe – aunque inicialmente solo sea en calidad de testigo – sin intenciones o intereses espurios, asign√°ndole alg√ļn tipo de papel responsable que, de alguna manera, pueda revertir en un mayor conocimiento y, por tanto, una mayor conciencia en un aspecto tan importante como es el de la intervenci√≥n sobre el territorio.
Soy consciente de que la necesidad de cambios no debe amparar una estrategia absurda de destruirlo todo, esa sería la mejor receta para el fracaso. Pretender cambiarlo todo al mismo tiempo suele conducir a no cambiar nada. Si algo tenemos en este país es experiencia acumulada. Convirtámosla en algo productivo. Sólo propongo clarificar lo que hay, despojarlo de lo innecesario, dotarlo de coherencia y, sobretodo, recuperar, como esencia de la intervención en el territorio, su valor cultural en detrimento del artificio administrativo y económico que lo sustenta hoy.
Mi experiencia como arquitecto municipal me lleva a un punto de desolaci√≥n dif√≠cilmente imaginable cuando iniciaba mi carrera a principios de los a√Īos 90. Lo ‚Äúmalo‚ÄĚ – lo falto de intenci√≥n e inter√©s, de reflexi√≥n y trabajo, lo que proviene √ļnicamente de c√°lculos econ√≥micos y/o pol√≠ticos – siempre encuentra el camino libre, deform√°ndose todo lo que haga falta para prosperar mediante artificios jur√≠dico administrativos que lo amparan, cuando no directamente es producto de una administraci√≥n promotora que lo alienta.
Lo ‚Äúbueno‚ÄĚ – hablo de arquitectura cotidiana, de t√©cnicos competentes y entregados, de peque√Īo promotor, de discusi√≥n municipal… de arquitectura de verdad, de la que, al fin y al cabo y junto a las grandes infraestructuras, termina definiendo el territorio y a la sociedad que lo habita ‚Äď en cambio, siempre se atasca, amput√°ndose dolorosamente por el camino en el mejor de los casos. Hablo de una labor ingente de litigio diario, de roce con la promoci√≥n, de contencioso con la administraci√≥n, de dial√©ctica propia del arquitecto. Supongamos que nos detenemos en esta arquitectura, que es de desgaste, de fricci√≥n, de consenso. Seguramente es este el verdadero campo de batalla. Es aqu√≠, donde se pierde o se gana, a diario, la batalla cultural sobre la arquitectura y el territorio.
Hace ya alg√ļn tiempo, hablando con un arquitecto sobre el proyecto que hab√≠a presentado para rehabilitar un edificio hist√≥rico en Santiago de Compostela, intentaba explicarle que yo, como arquitecto municipal, deb√≠a aproximarme a su propuesta desde lo general, f√≠sica – contexto, ciudad o territorio – y conceptualmente ‚Äď normativa y criterios de aplicaci√≥n -, para llegar a lo particular, al caso concreto. El autor del proyecto, en cambio, formula sus propuestas partiendo de lo particular, de las necesidades concretas de su promotor y del momento preciso de su propio desarrollo profesional y personal. Esa es su obligaci√≥n, su necesaria aportaci√≥n a la arquitectura, su peque√Īa contribuci√≥n al desarrollo cultural de la sociedad, a la ciudad, al territorio‚Ķ
Sin embargo una vez all√≠, en el emplazamiento de la actuaci√≥n, dispuestos a contrastar lo general con lo particular para tramitar la correspondiente autorizaci√≥n, daba la impresi√≥n de que tan solo consegu√≠amos, como mucho, entrevernos a trav√©s de las ventanas esbozadas en sus planos… √©l dentro de su proyecto, yo fuera, en la ciudad, y por mucho que nos habl√°ramos, apenas nos o√≠amos ni nos comprend√≠amos, tan solo nos ve√≠amos gesticular a trav√©s de los cristales‚Ķ
La necesidad de la administraci√≥n de ‚Äúobjetivar‚ÄĚ la arquitectura para controlarla, choca frontalmente con su esencia misma, cuya evoluci√≥n y desarrollo precisan de una fuerte carga de aportaci√≥n subjetiva, de peque√Īo avance cultural en cada proyecto que, con el tiempo, consolide un ir hacia alguna parte, una evoluci√≥n que s√≥lo con una peque√Īa pero constante acci√≥n de irreverencia frente al orden impuesto puede llegar a alg√ļn sitio, sin m√°s reglas que las de la propia conciencia de la creaci√≥n. Es esta, seguramente, la diferencia fundamental entre la construcci√≥n y la arquitectura. Sin embargo, la administraci√≥n no puede cejar en su funci√≥n esencial de filtrado de la calidad de las intervenciones que finalmente se materialicen‚Ķ
¬ŅAcaso no se ha producido una cruel di√°spora de lo que deber√≠an ser dos procesos complementarios de un proyecto en su aproximaci√≥n a una sola realidad arquitect√≥nica, quedando cada uno de ellos en manos de distintos agentes hiper-especializados que produce muchas veces resultados enfrentados e irreconciliables?.
Un precioso proceso cultural cuyo valor fundamental deb√≠a ser su coherencia, su identidad y unidad, queda partido en dos debido a la din√°mica administrativa imperante. ¬ŅNo deber√≠amos fundir de nuevo ambas aproximaciones en un solo proceso, en el que t√©cnicos y administraci√≥n, en una actuaci√≥n c√≥mplice, alcancen una soluci√≥n satisfactoria para el territorio, la sociedad y la arquitectura?
Parece que a estas alturas, para una administraci√≥n culta, este desarrollo de la arquitectura ‚Äď en su sentido m√°s gen√©rico u original de intervenci√≥n sobre el territorio – deber√≠a ser un fin tan prioritario como lo es la seguridad, la accesibilidad o la habitabilidad de los edificios. Deber√≠amos ser capaces de marcar l√≠mites muy simples, claros y precisos que no traspasar, dejando luego espacio para el desarrollo cultural,
En resumen, podemos y debemos seguir teorizando sobre la ciudad y el territorio, sobre su pasado, presente y futuros posibles, y tambi√©n podemos – y debemos ‚Äď seguir analizando la adecuaci√≥n de los instrumentos de planeamiento existentes para proyectar y controlar su consolidaci√≥n y crecimiento, buscando escalas y referencias adecuadas ‚Äď seguramente una reivindicaci√≥n del papel esencial que el espacio p√ļblico tiene en la percepci√≥n y vertebraci√≥n de la ciudad, as√≠ como el reajuste de las escalas utilizadas tomando como una de las referencias primordiales la eficiencia energ√©tica, ayudar√≠an en este an√°lisis -. Pero al final, si falla el √ļltimo acto de la representaci√≥n, el acto en el que concluye todo el proceso, la proyecci√≥n y ejecuci√≥n de las actuaciones concretas y cotidianas sobre el territorio y su autorizaci√≥n y vigilancia, todo ese esfuerzo anterior no habr√° servido de nada, habr√° sido en vano, un nuevo ejercicio vago de autoestima intelectual y/o administrativa, pero sin consecuencias ni concreci√≥n ni, por tanto, en mi opini√≥n, mayor inter√©s…
Propongo √ļnicamente ahora centrarnos en una l√≠nea de trabajo de las varias posibles, que no sustituye a las dem√°s, pero que en las circunstancias actuales quiz√° sea m√°s perentoria que otras, con m√°s posibilidades de concretarse en algo √ļtil, eficaz y estable, una l√≠nea de trabajo que no requiere de decisiones de √≠ndole pol√≠tico, salvo algo de inter√©s y atenci√≥n, sino √ļnicamente de oficio y experiencia, de profesi√≥n e implicaci√≥n social.
Hay qui√©n sostiene que uno de los factores del gran auge industrial norteamericano de finales del s XIX tuvo mucho que ver ( por supuesto que entre otras muchas causas) con una ausencia casi total de mano de obra especializada, anclada todav√≠a en la vieja Europa, que les oblig√≥, y permiti√≥, plantearse los procesos de fabricaci√≥n (no olvidemos que en esos momentos se estaba fraguando la mecanizaci√≥n, la estandarizaci√≥n y la producci√≥n industrial en cadena) despojados de muchos prejuicios del viejo continente, relativos tanto a cuestione pr√°cticas – la propia organizaci√≥n del trabajo ‚Äď como a cuestiones m√°s abstractas ‚Äď el dise√Īo y la forma -. Este nuevo esp√≠ritu organizativo, social y pol√≠tico, junto con la abundancia de recursos naturales, fueron el trampol√≠n que les permiti√≥ alcanzar la primac√≠a de la que vienen gozando durante todo el s.XX.
¬ŅSeremos capaces nosotros a estas alturas de despojarnos de algunos de nuestros prejuicios, de discernir qu√© son valores culturales permanentes y qu√© debemos eliminar y despejar? ¬ŅEn que nos debemos detener y centrar para alcanzar una suerte de regeneraci√≥n de algo tan primigenio y esencial para el hombre como es su imbricaci√≥n con la naturaleza y con su entorno, con su ‚Äúhogar‚Ä̂Ķ?
¬ŅSeremos capaces de llevar a cabo esta regeneraci√≥n desde dentro, los que estamos ya en ello, anclados en la vieja Administraci√≥n, o es mejor que nos echemos a un lado para que otros, carentes de prejuicios y con una mirada m√°s l√ļcida y l√≠mpida, redise√Īen un nuevo orden, un nuevo gui√≥n, un nuevo esp√≠ritu con el que intervenir sobre el territorio?
Y, sobretodo
¬ŅNos interesa‚Ķ?

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