Sobre El arte de pasear, de Karl Gottlob Schelle

Roque Lazcano Vázquez

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Cuando el pensamiento se atasca lo mejor es pasear. En su dinámica desinteresada, el paseo activa el movimiento del inconsciente y pone en marcha nuestras ideas. Como si de un engranaje se tratara, de la motricidad comienzan a surgir imágenes. La percepción se desconcentra, se expande, y lo que sentíamos como un amargo sabor en la punta de la lengua comienza a relajarse, hasta que por fin se abre paso dulce evidencia, como si hubiéramos cavado un cauce para el agua estancada. Los escritores lo llaman “técnica de la actividad paralela” y consiste en escapar un rato de lo textual a la realidad: ir al baño, a la nevera, a pasear, etc. Son actividades que ayudan a que se encienda la llama de la creatividad. Juan José Millás cuenta en más de una entrevista que su jornada laboral comienza siempre con un paseo. El recorrido del paseo, el desentumecimiento del cuerpo en contacto con lo que nos rodea, es el punto de partida de muchos recorridos narrativos. De hecho, tal vez esa deriva podría considerarse el fundamento de las demás artes o, al menos, una de sus actividades paralelas esenciales.
En El arte de pasear (1802) –libro publicado ahora por vez primera en castellano por la editorial Díaz & Pons, con traducción de Isabel Hernández, e introducción y epílogo de Federico L. Silvestre– Karl Gottlob Schelle no llega tan lejos, pero convierte el paseo en clave para la vida. Lo escribió con apenas 25 años y, aun careciendo de la profundidad filosófica de los textos de su amigo Immanuel Kant, conserva un espíritu poético que es de agradecer. De hecho, el texto funciona como un especie de documental impresionista capaz de captar el espíritu de esa época en la que el crecimiento de las ciudades comenzaba a hacer evidente la necesidad de construir espacios de recreo, es decir, espacios para el paseo. Schelle convierte el arte de pasear en una actividad capaz de acercar dos mundos. Pasear es superar la separación (cuerpo-mente) propia de nuestra compleja naturaleza, y representa un placer tanto más necesario cuanto más nos alejamos de ella. Pasear es la actividad fundamental del arte de vivir e incluso llega a decir que la cultura “es una premisa del paseo como causa y como consecuencia”, aspecto que aquellos que se “han apartado del camino de la naturaleza” parecen haber olvidado. El ideario estético kantiano también parece empezar a cobrar forma en este texto (“sólo la contemplación estética de la naturaleza produce el libre juego de las facultades del alma”) y resulta revelador hasta qué punto las preocupaciones de un joven que vivió hace dos siglos siguen estando hoy tan vigentes. El paseo, tanto para Schelle como para el ser humano del siglo XXI, es una manera de desalienarse de la vida urbana.
El libro está salpicado de numerosas referencias a escritos de Rousseau, Goethe, Schultz, etc., y oscila entre la sublime y maravillada experiencia de la alta montaña –y hasta de la explosión volcánica– y la tranquila y reposada passeggiata suburbana. Porque, sin necesidad de ascender a cumbres extasiadas, el tratado de Schelle sabe mantenerse aferrado a la tierra, participando de una filosofía de la vida con la que busca ilustrar las mejores formas de afrontar un paseo. Cabría criticarle, quizás, que defienda en demasía esta actividad –lo que parece sintomático del ambiente intelectual de la época–, pues subraya continuamente que el único fin del movimiento corporal es alimentar el espíritu. Pero dado el valor de su trabajo, podemos perdonárselo y convenir con él en que la ausencia de lugares para el paseo en la ciudad suele ser síntoma de un bajo nivel cultural. En textos más recientes como La montaña mágica de Thomas Mann, el paseo forma parte de todas las terapias posibles pues, como dice Schelle, “un individuo sano se sentirá angustiado si durante un tiempo no sale al campo”. Un paseo sin tarea concreta por el campo es medicina para el alma y alimento para el espíritu. Después de Schelle, llegará el flaneur decimonónico, cuyo andare a zonzo será recuperado por dadaístas, surrealistas y situacionistas en el siglo XX. Por cierto que sobre estas derivas la revista URBS acaba de publicar un monográfico donde se pone otra vez de manifiesto la importancia del paseo, hoy en día más pertinente que nunca [1].

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[1] http://www2.ual.es/urbs/index.php/urbs/index

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