Notas de Lectura

Nulla Díez

 Massimo Cacciari, La ciudad (Barcelona 2010. Primera ed. Ital. 2004. Trad. Esp. de la 4ª ed. 2009) (M. Cacciari, filósofo de formación, ha sido alcalde de Venecia y profesor de Estética en la Università IUAV de Venecia).

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Pág. 27. “Antes de discutir sobre elecciones urbanísticas debemos hacernos una pregunta: ¿qué le pedimos a la ciudad? ¿Le pedimos que sea un espacio donde se reduzca a la mínima expresión toda fórmula de obstáculo al movimiento, a la movilización universal, al intercambio? ¿O le pedimos que sea un espacio donde haya lugares de comunicación, lugares fecundos desde el punto de vista simbólico, donde se preste atención al otium? Desgraciadamente se piden ambas cosas con la misma intensidad, pero de ningún modo pueden proponerse ambas conjuntamente y, por tanto, nuestra postura frente a la ciudad parece cada vez más literalmente esquizofrénica.

Esto no quiere decir que sea una postura “desesperada”; al contrario, resulta fascinante porque quién sabe qué es lo que surgirá. Se trata de una contradicción tan fuerte que podría ser la premisa de cualquier nueva creación y así ocurrió también en la disolución de la forma urbana del mundo antiguo: la disolución radical de esas formas dio vida al nuevo espacio urbano continental europeo a través de instituciones que jamás nadie hubiera soñado o inventado (nuevas ideas de derecho, nuevas relaciones de dominio, nuevas formas de comunidad, como la monástica, una forma comunitaria fundamental en la promoción de nuevos modelos de desarrollo urbano).”

El primer párrafo resulta muy exagerado y abrupto en la contraposición entre dos tipos puros y extremos entre las posibles realidades urbanas, y nos condena sin ambages a la esquizofrenia. Pero esto es comprensible como recurso retórico: así quiere prepararnos para que aceptemos, incluso con cierto entusiasmo, la salvación de esa esquizofrenia que se nos promete en el segundo.

El segundo párrafo merece más comentarios. Para empezar, me parece que la visión en modo épico  -esta vez de un futuro incierto, no de un cómodo y asumido pasado-  como algo fascinante, muestra gran finesse d’esprit en la intelección de la Historia que hace el individuo frente al aparentemente incognoscible “guión” de ésta. Si se puede hablar de una “fascinante vivencia de la Historia”, también podremos pensar en “la fascinante vivencia de la Arquitectura”, y, en coherencia, del Urbanismo, del Paisaje etc. O, más sintético, de “la fascinante vivencia de la Ciudad”. Y todo ello en clave de Historia: lo que hubo, lo que hay, lo que habrá. Y nosotros en medio de ese torbellino.

Pero, ¿solamente esperando a lo que haya de venir? Creo que no. Veamos:

  1.  El segundo párrafo desprende un cierto tufo a esa explicación vulgar del cambio histórico: la causa-consecuencia del cambio de las cosas está en la “evolución de la sociedad”. Es una transposición de la teoría evolucionista de Darwin: del mismo modo que en las especies animales, se da una lenta pero imparable evolución hacia formas sociales, económicas, intelectuales o artísticas nuevas en la sociedad humana. Pero no es así. Que ahora se acepte el matrimonio entre homosexuales no es resultado de la evolución, sino de un combate difícil y costoso. Que, desde la perspectiva de un occidental con ciertos conocimientos de Historia, pueda parecer que hay una línea de evolución-progreso a lo largo de los siglos, es comprensible. Pero la Historia de Occidente está llena de rupturas más o menos violentas, más o menos rápidas (cada vez lo son más), promovidas por la acción decidida de clases sociales, grupos o vanguardias que en cada momento defienden sus intereses, ya porque los vean amenazados ya porque sean novedosos y quieran imponerlos. La Historia es tan complicada como el cambiante cambio del tiempo atmosférico, si no más. Es importante saber que unas personas promueven el cambio, también en Arquitectura y en Urbanismo; otras siguen las modas recibidas sin ver más; otras intentan frenarlo. Ahora habría que insistir en que, otras, intentan aprovecharse de los cambios tras haberlos vaciado de contenido, de fuerza. Intentan hacer lo que se lleva, sin intentar entenderlo. Estos son, diría yo, los peores. También en Arquitectura y en Urbanismo. Pero, hay que reconocerlo, esa es a veces una de las puertas de entrada de nuevos modos interesantes: primero por simple imitación, más tarde por asimilación de lo que se va imponiendo. Cuando posiblemente otros ya están más allá, luchando contra lo nuevo que algunos han hecho viejo, quizá precisamente por haberlo prostituido.
  2. El cambio histórico tiene lugar en todas las sociedades dinámicas y complejas. Esto lo sabía ya el emperador romano Claudio cuando en el año 48 d.C. proponía en el Senado ciertas innovaciones que chocaban con la opinión de los viejos senadores. Claudio se empeñó en convencerlos, afirmando que todo aquello que entonces parecía una innovación necesitada de precedentes, algún día sería considerado un precedente. Porque todo se habría de hacer viejo, también lo que entonces era nuevo.
  3. El emperador pensaba así porque tenía un proyecto de largo alcance. Para la sociedad, para el Estado, para las ciudades, para las regiones… tan de largo alcance que podríamos llamarlo ‘histórico’. Y comprendía que las acciones concretas eran los puntos que, unidos, daban forma a un camino hacia un objetivo. Una cosas llevaban a otras. Parece que Cacciari sabe que ha de llegar algo nuevo, inimaginable. Quizá sea acertada su formulación, pero tendría que añadir que seremos nosotros mismos quienes lo traigamos, a trancas y barrancas. Será inimaginable, pero no nacerá de la nada, sino de lo que entretanto vayamos construyendo. Claudio también tenía sus proyectos para la Arquitectura y el Urbanismo, heredados en parte, de los mismos proyectos que unos decenios antes Vitruvio había puesto de largo. Nada de inmovilismo, pues. En vez del famoso vivere pericolosamente nietzscheano podríamos proponer vivir intensamente, porque de ahí saldrán nuevas formas, nuevas ideas, nuevos mundos. En Arquitectura y en Urbanismo notoriamente.
  4. Me temo que, después de todo, en Arquitectura y Urbanismo y Paisaje las cosas no sean tan sencillas como en otros aspectos de la vida de la sociedad.  No creo que, en ningún caso, y por mucho tiempo que pase, Cacciari pueda ni quiera imaginarse una Venecia del futuro sin el Lido o sin San Marcos. Aquí, como en Música o en Literatura y el Arte en general, lo nuevo no invalida lo viejo. Bien al contrario, le da más valor. El reto aquí es esa fina dialéctica entre viejo y nuevo. En nuestras ciudades y paisajes, ¿qué queremos conservar, qué se podría destruir? ¿Y quién debe decidirlo?

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