Sobre Geografía Romántica: En busca del paisaje sublime, de Yi-Fu-Tuan

Guillermo Rodríguez

11/01/2016

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¿Una geografía romántica? Efectivamente, a primera vista no parece que el cómputo de datos y la minuciosa cartografía con que solemos asociar la disciplina geográfica tuviera mucho de romántico. Pero, sin duda, en el siglo XIX europeo, en plena era de la exploración científica y de las colonias, se gestó una épica de la geografía. Las figuras como Livingstone, Nansen, o E. Byrd, suscitaban el mayor interés en las sociedades europeas, en medio de un entusiasmo generalizado por el descubrimiento geográfico del globo y sus lugares ignotos: el ártico, las fuentes del Nilo, etc.

Al contrario, en el presente, Google Earth parece hacer imposible impregnar de romanticismo el desempeño de la geografía. Ahora ya sabemos perfectamente donde está cada cosa, se puede ver, el planeta se ha vuelto pequeño, jugueteamos obscenamente con él. Por eso es más importante que nunca recuperar la noción romántica de la geografía. El territorio esconde. Por más que queramos alumbrarlo con nuestros panópticos tecnológicos, el paisaje se vive con los pies en el lodo; implica una búsqueda.

Esta reafirmación de una esencia romántica de la geografía es lo que el profesor chino-estadounidense Yi-Fu-Tuan (1930-) defiende en su último libro Geografía Romántica: En busca del paisaje sublime, editado por Joan Nogué, con traducción a cargo de Borja Nogué y  parte de la colección Teoría y Paisaje de la editorial Biblioteca Nueva.

Yi-Fu-Tuan, uno de los representantes de lo que se ha dado en llamar Geografía Humanística, plantea recuperar lo que de romántico y pasional tiene la, hoy en día, incluso árida y aburrida disciplina de la Geografía. Plantea una forma de acercarnos a ella desde el punto de vista no sólo del fenómeno geográfico puro y cuantificable sino también desde la mediación que proporciona la experiencia humana,  el hombre en el marco espacio-cultural de su existencia. ¿Qué valores se esconden detrás de la geografía? ¿Qué emociones, afectos, miedos u odios se esconden según qué paisajes? Para responder, el profesor Tuan presenta en el primer capítulo una serie de nociones clave; los Valores polarizados: alto/bajo, caos/forma, tinieblas/luz. Estos nos servirán de herramientas de interpretación con el fin de dilucidar esa geografía que pretende recuperar la experiencia del Sujeto sobre el objeto a conocer, en este caso, el territorio.

 De este modo, ¿cómo se ha interpretado culturalmente el bosque, el desierto, el océano? ¿Como benignos biomas dadores de vida o como amenazantes exterioridades? ¿Que valores hemos asociado, en el desarrollo de las civilizaciones, a qué paisajes? Yi-Fu-Tuan nos advierte de la reversibilidad de los valores polarizados, que muchas veces se significan simultáneamente, evolucionando con el devenir mismo de la Historia. Los Alpes, ejemplo paradigmático, resultaron feos, amenazantes y peligrosos hasta el siglo XVII, cuando de pronto se convierten en lugares de reposo, salud y recreo, y mas aún, cuando la sensibilidad romántica los torna paisajes de lo sublime estético.

 Estos paisajes naturales ocupan el segundo capítulo, donde se nos invita a considerar de modo cultural y antropológico los distintos locus que configuran nuestra relación con el territorio. Las montañas, grandes hitos geográficos, se han dotado desde antaño de significaciones culturales antagónicas. En base a los valores polarizados de alto/bajo, las montañas pueden ser lugares de cercanía con lo divino, como el Olimpo o el Sinaí. Pero también pueden ser infames verrugas que arruinan el límpido espacio plano de ese hombre que pretende domeñar el terreno; la pesadilla del agrimensor, según los valores caos/forma. Pasos difíciles, peligrosos, infestados de bandoleros. Igual ocurre con los oceános como grandes barreras e inmensidades inabarcables, donde ser devorado por esos aberrantes peces gigantescos que pueblan los mapas antiguos. Amado y temido a partes iguales, el oceáno representa lo ilimitado, territorio predilecto de la épica marinera, de Ulises al Titanic. Con el eje instrumental de esos valores polarizados nos adentramos en los oscuros bosques, proveedores de madera y alimento, pero también de grandes peligros de la civilización. Por otro lado, el desierto, paraje romántico y sublime por lo inmenso y diáfano de su extensión, donde gestar pensamientos de grandeza, puede ser también árido paisaje hostil y de la muerte.

 Los Hielos son otra cosa. En este punto, Yi-Fu-Tuan nos revela que los exploradores del ártico, el mas hostil de todos los parajes, mentían. En sus relatos públicos, justificaban sus aventuras en clave científica; era preciso conocer las regiones árticas de los polos por cuestiones de interés para la ciencia. Cuando el profesor Tuan acude a los diarios de aquellos famosos exploradores, descubre que lo que movía a personajes como el noruego Fridtjof Nansen o al estadounidense Richard E. Byrd a adentrarse en la inmensa blancura era, sin embargo, el más temerario e irracional sentimiento romántico de la aventura en lo desconocido. Eran más estetas que científicos, como queda de manifiesto al leer las descripciones poéticas que dan de aquellos parajes extremos. Es aquí donde Yi-Fu-Tuan se apoya para afirmar que la geografía nace de un impulso romántico. Implica cierta pulsión de muerte, cierta búsqueda de absoluto; abandonar el hogar confortable y perderse en la inmensidad. Este inconformismo frente al confort del hogar es otro de los puntos clave del impulso romántico de la geografía. Ante el paraje nutricio, el geógrafo, ya esteta, abandona sus zonas cómodas y se lanza hacia lo ignoto.

 Tras un breve interludio acerca del hogar y su significación, el autor nos traslada hacia otro de los dominios clave de la geografía romántica: la ciudad. Si hasta ahora se había hecho hincapié en el carácter estético y sublime de ciertos paisajes de la naturaleza, deberíamos atender ahora a las cuestiones referentes al medio urbano, lugar dialécticamente contrapuesto al natural. Pero… ¿es romántica también la ciudad? Para Yi-Fu-Tuan es un medio intrínsecamente romántico. Primero, por su carácter cósmico. La topografía urbana está desde antaño condicionada por la propia cosmovisión de los pueblos. El orden urbano refleja el orden de los cielos, como en la ciudad imperial china de Ch’ang an, donde el emperador solar reside en el centro como núcleo irradiador y organizativo de clase, oficios y demás estratos de lo social. Otro de los aspectos románticos de la ciudad viene dado por su grado de independencia frente al medio. La desvinculación progresiva de la ciudad de las contingencias de la agricultura y del clima representa una conquista frente a esa naturaleza indomable. Una de las tardías conquista de la ciudad es la dominación del ciclo noche/día. Con su impertérrita iluminación nocturna, la ciudad ofrece la emancipación del urbanita de todo envite de lo natural. La modernidad medirá la grandiosidad de sus ciudades en base a lo vigoroso de su vida nocturna. En cuanto esta ciudad es un cosmos que configura a su antojo las actividades de lo humano, transgrediendo las normas de lo cotidiano que nos ofrecía la naturaleza: ciclos lunares, estaciones, clima… podemos hablar de la ciudad como un lugar donde se configura también un lugar de lo romántico, de conquista, de emancipación y libertad.

 El ser humano, es el tercer y último lugar de lo romántico. Según Yi-Fu-Tuan existen tres tipos humanos donde la esencia romántica se manifiesta: el esteta, el héroe y el santo. Pero…¿cómo se justifica, en geografía, hablar de tipos individuales cuando dicha disciplina suele abordar los grupos, sectores y demás entes colectivos? El profesor Tuan responde que… la geografía no es sólo una ciencia espacial, sino también una indagación sobre la naturaleza y la cultura (…) Los geógrafos estudian tales transiciones pero a nivel de grupo, y suelen atribuir los cambios a fuerzas impersonales. Yo, en cambio, introduzco al individuo. Esta perspectiva de lo individual en su rareza, es lo que dota de romanticismo a la geografía, no ya humana sino humanística, donde se aborda la percepción que uno, en soledad, sea héroe que conquista el paisaje, esteta caminante o santo con vocación moral, obtiene de su medio y su vivencia en él.

 Yi-Fu-Tuan realiza una apasionada defensa del héroe-geógrafo. Esta figura, romántica por si misma,  es por descontado creador de una geografía heroica. Bello y desafiante concepto para todo aquel que pretenda sacar esta disciplina del aburrido y confortable ámbito de los despachos. Precisamente, el geógrafo debe abandonar este “hogar” y adentrarse, como antaño, en el objeto de su estudio. La geografía, en definitiva, se hace con el geógrafo perdido en el territorio, preso de un impulso heroico, estético y romántico, que luego se traducirá en una experiencia humanística del paisaje y el medio, cargada de significaciones culturales. Ese es el territorio real y de interés para la geografía.

 En definitiva, lo romántico es búsqueda, superación del instinto de autoconservación en lo remoto, renuncia a lo cómodo. Sin embargo, como se dijo al principio, pareciera que con la tecnología del satélite ya no quedase nada por descubrir, nada oculto. Pareciera que los tiempos de la exploración romántica hayan tocado a su fin. Yi-Fu-Tuan nos consuela y abre nuevos horizontes: ¿acaso no queda por descubrir la inmensidad del fondo oceánico? Y aún mas allá: el espacio exterior. Para el geógrafo-heroico siempre habrá algo oculto a la medida de su anhelo. En el geógrafo romántico, el fuego que arde en su corazón de explorador es tan infinito como el horizonte al que dirige su mirada.

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