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La revista KARDO  quiere ser órgano de expresión del Observatorio Galego do  Territorio. Su  contenido versará preferentemente -aunque no sólo- sobre cuestiones que afecten a Galicia, pero buscando siempre su dimensión general, paradigmática, interesante también para otros lugares y situaciones. KARDO pretende llegar también a otros públicos en esos otros lugares. Omnis locus universalitatem continet.

KARDOmaximus es el nombre del eje principal Norte-Sur que servía para organizar el territorio de las ciudades romanas. Pero es también el nombre de una planta que, aunque comestible y por tanto útil, puede pinchar y molestar a quien corresponda.

 La filosofía

 I. País, Paisaje, Territorio

Existe una preocupación generalizada acerca del Territorio y del Paisaje, al menos en los países occidentales, y así también en Galicia. Son muy frecuentes las noticias en la prensa, ante todo  -pero no sólo- para dar cuenta de abundantes denuncias o llamadas de atención presentadas por instituciones públicas, asociaciones no gubernamentales o personas privadas, relativas a malas prácticas que destrozan Paisajes urbanos, rurales o  “naturales”; contaminan ríos y alteran ecosistemas, en el litoral o en el interior. Abundantes son también los congresos, debates públicos o cursos especializados sobre estas difíciles y complejas cuestiones. Existe un clamor popular. Existe un clamor popular ante la omnipresencia de cambios que son vistos como indeseables, innecesarios o meramente especulativos e interesados, y ante la evidencia de que, casi irremediablemente, son para siempre.

Conviene recordar que la palabra ‘paisaje’ viene de ‘país’, como ‘aprendizaje’ viene de ‘aprender’ y ‘pasaje’ viene de ‘pasar’ etc. En estas palabras derivadas que terminan en -aje, el concepto abstracto de ‘país’, ‘aprender’ o ‘pasar’, se hace realidad práctica, física. ‘Pasar’ es simplemente la acción de trasladarse de un lado a otro, pero un ‘pasaje’ es una realidad práctica, tangible y visible. ‘Aprender’ es también algo abstracto, pero el ‘aprendizaje de las matemáticas’ es muy concreto y real. Del mismo modo, ‘paisaje’ es el país en la práctica, hecho realidad concreta.

 El Paisaje es una experiencia sensual completa. Cuando paseamos por una de nuestras aldeas vemos los campos, las casas, los bosques, con el sentido de la vista. El sentido del olfato capta los olores; el oído siente el murmullo del río, los ladridos de los perros, las voces lejanas. El vino casero que tomamos en el pequeño bar o la fruta robada también nos ligan a la aldea, y conservamos su gusto en el recuerdo. En la piel notamos la ligereza y la frescura del aire rural, cuando es el momento. Y hay todavía más sentidos en juego: sentimos la naturaleza viva y la magia de la sociedad tradicional agraria; sentimos la belleza de la iglesia barroca o de la vieja fuente de piedra llena de musgo. El Paisaje es, en efecto, el país en su dimensión real, el país que sentimos con nuestros sentidos corporales y espirituales. Por esa razón, cuando la gente dice “estamos destrozando el país” a la vista de los numerosos atentados al Paisaje, dicen bien.

 Estos son ejemplos propios de las áreas rurales, interesantes porque sólo allí se encuentran juntos todos esos elementos mencionados. La cuestión, es, sin embargo, mucho más amplia. Ante uno de estos nuevos núcleos-dormitorio que rodean las ciudades, incluidas las urbanizaciones, que a veces son del todo extraños a nuestro Paisaje, sentimos con frecuencia la misma desazón y la misma sensación de pérdida irreparable.

 Claro que habrá ocasiones en que la destrucción de uno o varios elementos del Paisaje podrá ser vista como algo positivo. Si ya no oímos la divina música de aquellos carros de vacas tendremos que reconocer que aunque sea lamentable para nuestros recuerdos de infancia, afortunadamente ya no hay carros. Si alguien no está de acuerdo con eso de ‘afortunadamente’, que le pregunte a los paisanos. De modo que la valoración del Paisaje y de sus alteraciones no es algo tan sencillo, tan libre de compromisos. El principal compromiso es encontrar el balance adecuado entre conservar e innovar, entre lo tradicional y la modernidad imprescindible. Otro estrechamente relacionado es el compromiso ecológico, muy sencillo cuando hablamos de una agricultura ecológica  conservacionista y rentable, pero se hace tremendamente complejo cuando pedimos lo imposible  -imposible de momento, al menos- , pues como se oye decir, ¿para qué queremos una playa limpísima si los bañistas tienen sus mentes podridas, corrompidas por una vida insatisfactoria en esta sociedad enferma? ¿No sería preferible limpiar antes los espíritus de la gente, y después las playas, o al menos al mismo tiempo?

 Estas gruesas pinceladas tratan solamente de hacer ver la dificultad que encontramos para comprender y valorar los cambios presentes, para establecer una  estrategia en nuestra legítima crítica de la actual destrucción del Paisaje y nuestra lógica resistencia a los intentos de una ordenación turbo-capitalista del Territorio.

 En este panorama de complicadas urgencias de difícil diagnóstico y tratamiento, ha nacido el Observatorio Galego do Territorio, dentro del Centro de Estudos Avanzados de la Universidad de Santiago de Compostela, impulsado por un grupo interdisciplinar de profesores universitarios y otros profesionales. El Observatorio es un foro abierto, dentro del cual pueden actuar otras personas o grupos, sin más vínculo que la oportuna colaboración. Sus objetivos no necesitan ya más explicación.

II. La toma de decisiones

Estamos ahora en un momento particularmente oportuno. Las ya viejas (insistamos: viejas) ideas sobre la intervención en exclusiva de los poderes públicos, cuyos resultados saltan a la vista, están cediendo el paso a otras formas de concebir la gestión del Territorio. Las nuevas ideas se expresan claramente a través del concepto, muy en boga, de multi gobernanza, es decir, del gobierno de la cosa pública desde varios y diferentes centros, instancias, niveles, más especializados y mejor comprometidos que los gobiernos centrales (aunque sean de rango local) omnipotentes. En las cuestiones relativas al Territorio y al Paisaje esta tendencia actual adquiere una relevancia sobresaliente. Un par de ejemplos sencillos.

Cuando se quiere hacer un Plan Especial, a veces los poderes públicos se lo encargan a un Estudio de Urbanismo, dirigido por una persona en particular. Aunque después haya variaciones, atendiendo eventualmente a las alegaciones de los afectados, será siempre sobre una base establecida. La pregunta que ahora nos hacemos es: ¿por qué no se ha tenido en cuenta a los afectados desde el primer momento? ¿Será porque ellos no entienden nada, aunque conozcan ese Territorio mejor que nadie? ¿Será porque se desconfía de su honestidad, de su capacidad de ir más allá de sus intereses personales inmediatos?

Por otra parte, ¿qué sentido tiene que las autoridades competentes decreten que el antepecho de una ventana tenga que tener X centímetros? ¿Cuál es el objeto de esa restricción? Quizá ninguno, pues una cosa es disponer que una casa tiene que estar bien ventilada e iluminada, y otra cómo debe ser cada una de las ventanas. Es constante la queja, entre los profesionales, de un excesivo reglamentismo, que con frecuencia, además, conduce a lo que aparentemente quiere evitar.

La cuestión fundamental y más urgente, y difícil, es quién, cómo y dónde se han de tomar las decisiones que afectan al Territorio y al Urbanismo. Si bien se piensa, carece de sentido que una sola persona, un alcalde, o un partido político con los necesarios votos, puedan determinar el destino de nuestros Paisajes y de nuestras aldeas, villas o ciudades. Hace poco oíamos que los dos principales partidos políticos de Galicia estaban negociando para hacer un pacto sobre el Territorio. Un pacto de políticos sobre el Territorio es, en sí mismo, una aberración. Pocas cosas deben estar tan por encima de ideologías e intereses partidistas y/o personales como la gestión del Territorio y las actuaciones que configuran o alteran el Paisaje.

III. Paisaje y Territorio: Bienes de Uso Comunal

El ambiente es ahora muy favorable, al menos en el mundo occidental. El año 2009 el Premio Nobel de Economía fue concedido a la Profesora Elinor Ostrom, de la Universidad de Indiana, por sus trabajos sobre la gestión y el disfrute de bienes o recursos de uso comunal. Esta concesión sorprendió a muchos, porque por una vez no se premiaba un descubrimiento para hacer más eficientes las empresas, o para mejorar la competitividad y el desarrollo económico etc., sino un estudio sobre sistemas microeconómicos a veces pre-capitalistas o ancestrales, que todavía funcionan en muchos lugares del planeta

…El premio obedece a la convicción de que aún podemos aprender mucho de ellos, si queremos un mundo sostenible, por medio de una gestión inteligente, eficaz y satisfactoria.

El Territorio y el Paisaje son los Bienes de Uso Comunal  por excelencia. En nuestro contexto, uso no se refiere solamente a una utilización activa para producir algo nuevo, por iniciativa propia o de otros, sino también a una utilización pasiva, es decir, a padecer las consecuencias de cualquier actividad derivada del uso de ese bien que otros hagan. Perfecto ejemplo es el aire o las aguas: todo usuario del aire y de las aguas sufre las consecuencias de la acción sobre el aire o las aguas que otros realicen, aunque estén muy lejos. No cabe duda de que en nuestro Planeta Global Contaminado esto es así cada vez más y para más y más bienes que todos usamos, de una u otra forma.

Uso Comunal es el uso que de una cosa hace una comunidad en tanto comunidad. El concepto y la realidad son muy claros en el mundo tradicional, por ejemplo en las comunidades de regantes que aprovechan una fuente de agua, organizan su aprovechamiento y lo gestionan. Pero también aquí debemos ampliar y magnificar el concepto, porque en nuestro Planeta Global Contaminado la comunidad de usuarios (activos y pasivos) ha saltado por encima de todas las barreras tradicionales, notoriamente y especialmente las estatales, y por supuesto las regionales y las locales. La comunidad de usuarios de una central térmica que produce energía eléctrica no son solamente los que la padecen en su entorno más o menos inmediato, sino también todos los que se aprovechan de su electricidad y, más allá, todos los que sufren las consecuencias de su contaminación, a veces a centenares de kilómetros de distancia. Se entiende que algunas veces, sin duda demasiadas, la comunidad de usuarios podría ser llamada comunidad de afectados.

De ello se deduce: 1) Que el uso comunal  no es de rango estatal ni coincide (o no tiene por qué coincidir) con la dimensión regional o local y por ello los intereses de la comunidad de usuarios normalmente serán translocales, transregionales o supraestatales. 2) Que el uso comunal no tiene nada que ver con la propiedad (privada o pública) de los bienes que se usan; no presupone ni excluye una u otra.

El uso comunal (¡ineludiblemente comunal!) del Territorio y del Paisaje en cualquier escala espacial exige que su organización y su gestión se ajusten a los intereses de la comunidad de usuarios y no solamente a las políticas nacionales, regionales o locales. Sin duda es difícil y conflictivo establecer cuáles son esos intereses ‘usual-comunitarios’, pero la preocupación generalizada en las sociedades avanzadas acerca del Territorio y del Paisaje, indican que ya hay un camino recorrido. La Unión Europea contribuye a avanzar por ese camino, por ejemplo con el establecimiento de la Red Natura 2000. Numerosas ONGs intervienen en países en desarrollo para procurar la conservación de hábitats y recursos naturales, incluyendo en muchos casos la ayuda al desarrollo técnico y humano. Un gran bosque como los del Amazonas es un Bien de Uso Comunal, de la comunidad universal.

 IV. El valor universal del Paisaje

Debemos preguntarnos: ¿qué es un Bien, cuando hablamos del Territorio y del Paisaje? La respuesta es clara: algo que nos produce un beneficio, y por ello le otorgamos un Valor. El beneficio puede ser muy diverso, y así también el valor. Estamos ya muy familiarizados con conceptos como valor ecológico, paisajístico, patrimonial, artístico y, naturalmente, económico en el sentido estricto de ‘convertible en dinero’

Es verdad que todas estas realidades pueden ser convertidas en dinero, en la llamada ‘puesta en valor’, pero eso es así porque hay personas dispuestas a pagar una cierta cantidad de dinero para disfrutar de tales cosas por lo que valen en sí mismas: así sucede en la industria turística. Así pues, antes de ‘monetarizar’ ese valor es necesario que nosotros, la sociedad, se lo otorgue. Y a partir de ahí, ese valor es real, monetarizado o no.

El valor del patrimonio inmaterial es aquí paradigmático. Antes de ‘poner en valor’ músicas, leyendas, filosofías populares y cosas semejantes, les hemos otorgado un valor, porque estamos convencidos de que nos traen un beneficio. Que esta convicción sea cuestión de cultura y de nuevas sensibilidades puede ser cierto, pero eso no importa: muchos otros valores se han entendido sólo con el paso de los siglos. Más consolidados están los valores paisajísticos, cada vez más apreciados.

Si consideramos la idea de que las cosas tienen (o pueden tener) un valor (de utilidad) en sí mismas, idea habitual todavía hace un par de generaciones, junto al hecho evidente de que nuestro Planeta Tierra es limitado en sus recursos de todo tipo, debemos cambiar nuestra actitud hacia el patrimonio construido. La conocida la idea de que old is bad, only new is good es directamente contraria a la sostenibilidad de nuestro entorno. Cada objeto construido (edificios, infraestructuras etc.) es una porción de material constructivo, un depósito de trabajo y de conocimiento humanos. Hasta aquí debe llegar la aspiración al reciclaje, si su funcionalidad lo permite.

Para llevar adelante un programa inteligente y eficaz de buen uso de los recursos comunales es necesario tomar decisiones que afectarán a la sociedad entera. Junto a , o además de la capacidad decisoria de los representantes políticos, “Quizás se necesite un cuarto poder, además del legislativo, del ejecutivo y del judicial  -que podríamos llamar poder de instrucción, conocimiento e información- , que tendría la responsabilidad e independencia para organizar dictámenes e informes periciales y, en general, para producir y difundir la información necesaria a fin de tomar decisiones públicas”.[1]

Tiene que haber participación y responsabilidad de los usuarios del Territorio en la concepción y desarrollo de las intervenciones. Es necesario crear otras instancias consultivas, alejadas de la Administración y de los intereses inmediatos de los usuarios  -es importante resaltar esto-, que puedan aconsejar y supervisar eficazmente desde perspectivas técnico-científicas interdisciplinares, amplias y de futuro.

            [1] F. Ascher, Diario de un hipermoderno (Madrid 2009) page 175.