RECUERDOS

  Eva Salvado Fernández

12 años (Vigo), vive el paisaje con urgente delectación, y lo cuenta y lo dibuja así.

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  Cuando era pequeña, lo que más me gustaba era coger la bicicleta. Corría con ella atravesando el bosque, a veces echando carreras con mis primos. Pero yo siempre ganaba, porque conocía el bosque hasta la última hoja. Después de la carrera dejábamos las bicicletas amarradas a un árbol y caminábamos hasta encontrar la otra parte del pueblo,  e íbamos directos hacia la tienda de golosinas.

Mi prima mayor, Elena, a veces me daba un premio por llegar la primera, un enorme chicle que casi no me cabía en la boca. Para mí eso era felicidad pura. Pero mis otros primos tenían que conformarse con una piruleta, y yo me burlaba de ellos mascando el chicle con la boca muy abierta.

Cuando volvíamos a por las bicicletas, solían ser las ocho, y el atardecer teñía el cielo de tonos naranjas, rosas y amarillos. Entonces, nos tumbábamos sobre la hierba (que al estar mojada aliviaba el calor) y mirábamos al cielo, discutiendo las formas de la nubes. Nos reíamos tanto con las disparatadas ideas de mi primo Dani, que era un año mayor que yo, que se nos saltaban las lágrimas.

Cuando volvíamos a casa, ya era casi de noche y el bosque daba un poco de miedo, los búhos ululaban y cualquier crujido era motivo de susto.  Aún así, volver a casa también era divertido.

Aquellas tardes de verano eran lo único que me animaba a estudiar durante el curso, porque sabía que si suspendía me quedaría castigada en casa. Aunque durante el curso hiciera frío, yo iba al bosque y paseaba, viendo como a cada paso que daba la nieve se entremezclaba con la tierra y dejaba mis huellas. Mientras caminaba, me gustaba rememorar cosas del verano, como ‘en este árbol  se subió Pablito’, o ‘aquí montamos un picnic pero un zorro nos robó la comida’. Todos esos momentos eran divertidos, incluso depués de haberlos vivido y recordado cien veces conservaban la gracia.

El bosque era fiel y me guardaba todos los secretos, todos los años le susurraba al mismo roble quién me gustaba de clase, él me escuchaba y lo guardaba el algún lugar de su enorme tronco. También le decía al arbusto de al lado que se me había roto la parka por detrás, pero que no se lo contara a mamá, y él nunca dijo nada. En resumen, el bosque era un gran amigo, así que yo también lo ayudaba a él: recogía la basura que la gente tiraba y la echaba a la papelera.

Siempre hubo una conexión especial entre nosotros.

Hace dos años lo visité, volví al lugar donde me crié, pero no podía creer lo que le había pasado al bosque. Estaba mustio, estaba triste. Corrí hacia él y le pregunté qué le pasaba. No hizo falta que respondiera, porque vi con mis propios ojos lo que le habían hecho. Estaba lleno de basura. Se me llenaron los ojos de lágrimas, una rabia terrible se apoderó de mí y me sentí impotente. Tenía que recuperar a mi amigo.

Me puse unos guantes y furiosa, empecé a quitar todo lo que habían dejado alli, era tan indignante y vergonzoso que la gente no supiera donde estaba la diferencia entre una papelera y un bosque…

Me pasé horas recogiendo. Mi marido vino a ayudarme. Más tarde, también mis primos. Luego, los vecinos de la casa de al lado. Elena estaba especialmente afectada, venía desde el extranjero y no esperaba encontrarse todo aquello, todos nuestros mejores recuerdos sepultados bajo una densa capa de porquería.

La noche cayó sobre el bosque. Me giré sobre mí misma y no pude creer lo que estaba viendo: más de cincuenta personas estaban recogiendo la basura, en un silencio absoluto. Alguien había llevado bolsas de plástico y echaban todo allí. Una ola de agradecimiento hacia todas aquellas personas me recorrió.

-Disculpa –le dije a una chica que recogía un juguete viejo-, ¿por qué haces esto?

Quizás fui demasiado directa, porque durante un instante se quedó sorprendida, pero en seguida me repondió:

-Supongo que no me gusta ver esto así –repondió extrañada por la pregunta.

-¿Y sabes por qué ha venido tanta gente? –pregunté.

-Creo que como yo, han oído que estaban limpiando el bosque y se han sentido culpables.

-¿Culpables? –repetí, no me encajaba.

-Sí  -repuso ella con un deje de recelo en la voz, seguramente se extrañaba de que hiciera tantas preguntas- Supongo que tú también te sentirías culpable si hubieras tirado algo al bosque y supieras que otras personas lo están limpiando por ti, y vendrías aquí.

Me quedé helada. Tras una incómoda pausa, hablé, aunque seguía con la cabeza en otro lugar.

-Ah, vale, gracias.

La chica se fue con paso rápido y decidido.

Al principio me sentí confusa, después enfadada. Pero finalmente comprendí. Comprendí que aquellas personas se habían equivocado, pero después se habían dado cuenta de su error y estaban intentando rectificar. No podía echarles nada en cara, porque eran humanos y todo ser humano se equivoca al menos una vez en su vida.

Esperaba que no volvieran a errar en cuanto a la natualeza, porque es lo más precioso que tenemos, nos da la vida y nos regala cosas continuamente, a pesar de cómo la tratamos. Y no, la naturaleza en sí no se puede percibir, pero sí puedes tocar un árbol, saborear una manzana, oír las hojas mecerse con el viento y ver un paisaje.

Es lo más hermoso que jamás le ha sido otorgado al ser humano.  De hecho, se podría decir que la naturaleza está en ti. Sólo tienes que saber dónde buscarla, y si la encuentras, es seguro que te sorprenderás.

Eva Salvado Fernández

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