A Gerardo

Los paisajes esdrújulos

Carmen Docampo Bello

08/03/2016

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Los paisajes esdrújulos Amo los paisajes esdrújulos. Mayúsculos o minúsculos, estáticos o dinámicos, desérticos o selváticos, todos tienen su encanto. Despiertan mi hipotálamo, lo conectan con mi hipófisis y se dirigen sinfónicos a mis glándulas.

Para el invierno me quedo con los oceánicos, de humor ciclónico y dramático. De entre ellos… los atlánticos, de hipnóticos ojos grisáceos e irresistibles sonrisas de salitre. Para el verano mejor los inhóspitos, árticos o antárticos, los más inorgánicos e insólitos.

Los paisajes oxítonos o paroxítonos no son comparables a los esdrújulos; aunque intentan provocar emoción, su tónica resulta común, irremediablemente dócil. Tanto ellos como los sobreesdrújulos parecen inseguros, depresivos. Quizá porque saben que, en ocasiones, se mostrarán trágicamente carentes de todo acento.

Sufro por aquellos paisajes esdrújulos que pretenden ser enlatados, etiquetados y digeridos por políticos, ególatras o poderes fácticos. Sus interpretaciones holísticas, simbólicas y poliédricas, esconden fines turísticos, económicos o litúrgicos. Los toman sin permiso, los fuerzan y los venden como simbólicos, alegóricos o perifrásticos. Luego llegan las hordas ovinas que los consumen y los transforman en catastróficos.

Por suerte siempre habrá paisajes esdrújulos, vistas indómitas que solo pueden apreciar las miradas autónomas, los ojos que rechazan productos metabólicos. Para el resto, serán siempre invisibles. Siempre recónditos.