Debate sobre o feismo

El jardín de las delicias (I)

Sergio Remacha Vecino

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 Ya lo creo que parece conveniente plantear la definición del Feísmo. Es más, considero la cuestión tan preocupante que propondré su descenso a las fosas infernales. El Feísmo atesora tantas tropelías en tantos ámbitos urbanísticos, arquitectónicos, decorativos e incluso sociales, que se lo merece. Hasta el término resulta tristemente certero. Su ‘malsonancia’ refleja lo que descubres cuando te atreves a investigar: lo mismo que atormentaba al coronel Kurtz, el horror. Puesto que se ha empezado el debate con un ejemplo de Feísmo artístico, la olla-florero, cabe continuar con el famoso urinario-fuente. Con la venia:

Si Duchamp hubiese utilizado la olla a presión como florero, se habría convertido en un hito de la Historia del Arte, nadie lo duda. Entonces…, ¿cómo es que la fuente de Duchamp ha pasado a la historia y el florero del paisano se vilipendia? Pues porque, entre humanos, los parámetros de intención y ubicación resultan fundamentales. Da igual que Duchamp quisiera presentar un objeto artístico, anti-artístico, meta-anti-artístico, o como quisiera denominarlo. Esos no son mas que los típicos juegos malabares que hacen los artistas. El hecho innegable es que su intención (o no-intención, etc.) orbitaba en torno al mundo del arte, y fue alrededor del mismo como descubrió un novedoso concepto que, en ese mundo, fue muy valorado.

 La intención original del paisano al ‘depositar’ su olla-florero en la entrada de su casa no es artística porque el buen señor, no solo no es artista, sino que probablemente no ha entrado en su vida en un museo, y, decorativamente hablando, es un horror inexcusable. Es más: aunque hiciésemos la vista gorda y nos planteásemos emitir un juicio artístico –y no solo estético o decorativo– sobre la misma, también nos veríamos obligados a suspenderla porque se trataría de una fotocopia de una idea ya explotada.

En fin, una pena… No se puede hacer nada por salvar una olla-florero que se merece el fuego purificador. De hecho, por haberse equivocado de aula el alumno a la hora del examen, lo que podría haber sido arte de altísimo nivel se ha tenido que resignar con el premio de consolación: pertenecer al Feísmo.

Por si cabe duda y a modo de colofón, hagamos el ejercicio inverso: cojamos la obra de Duchamp (mejor la original, claro) y entreguémosela al paisano para que decore la entrada de su casa junto a su gloriosa aportación. El urinario-fuente y la olla-florero: dos titanes batallando por el lugar de honor. ¿Qué ocurriría? Pues, posiblemente, que el paisano cogería el urinario y lo instalaría en el baño de su casa, junto al inodoro, usándolo con frecuencia para evitarse las broncas de la parienta por no haber miccionado certeramente en el inodoro. ¡Adiós al arte de un plumazo!

Tras esto las preguntas volverían a repetirse. ¿Sabe esta persona de arte? ¿Tiene criterio para decidir si la olla-florero es un objeto decorativo merecedor de grandes elogios? ¿Merece esta persona la muerte? Las respuestas son, respectivamente, no, no y por supuesto que no. Ahora bien, no defendamos lo indefendible, y la olla-florero, al fuego purificador.

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