Construir la ciudad genérica

Francisco Jarauta    

pdf

¬†El debate sobre la arquitectura contempor√°nea ha dejado de ser hoy un debate autorreferencial. Si en las √ļltimas d√©cadas la discusi√≥n hab√≠a quedado limitada al c√≠rculo de tiza de la discusi√≥n posmoderna ‚Äď atenta principalmente a determinados experimentos formales y est√©ticos ‚Äď, a partir de los ‚Äô90 los problemas son otros y la arquitectura hace suyos una serie de nuevos contextos pol√≠ticos, sociales y culturales, pr√≥ximos a los grandes cambios que definen y caracterizan nuestra √©poca. Estos cambios son pensados desde una dimensi√≥n globalizada que, por una parte, ha permitido superar ciertos esquemas interpretativos y cr√≠ticos, y, por otra, ha forzado a la arquitectura a plantearse nuevos problemas, m√°s pr√≥ximos a las condiciones derivadas de los cambios culturales del habitar humano.

El mapa que resulta de este cambio de posición es sorprendente. La arquitectura ha pasado a ser en estos momentos uno de los laboratorios de análisis y discusión más activos con relación al debate contemporáneo sobre los grandes cambios civilizatorios que la humanidad está en proceso de realizar. Esta relación con la época atraviesa hoy en día dos frentes complementarios de cuestiones que en su articulación posibilitan un nuevo discurso y unas nuevas propuestas.

El primero de ellos tiene que ver con la emergencia de nuevos problemas, derivados principalmente del crecimiento de la población mundial y de su distribución urbana. Hemos asistido a lo largo del siglo XX a un cambio cualitativo de incalculables consecuencias. De los 1300 millones de habitantes de comienzos de siglo, se ha pasado a 7000 a finales del XX. De esta población, en 1900 sólo el 10% vivía en ciudades; en el 2000, la población urbana superaba el 65%, indicando esta tendencia un proceso irreversible que no es necesario comentar aquí, pero que anuncia una transformación radical del mapa urbano heredado del siglo XX. Sin entrar en más análisis, el factor demográfico ha sido uno de los agentes más importantes de la transformación del mundo contemporáneo. Una lectura detenida de los análisis de Paul Kennedy o del Global Urban Observatory nos permitiría situar este problema como la matriz más dinámica respecto a otros numerosos problemas que recorren por igual aspectos que tienen que ver con los flujos migratorios, la aparición de las nuevas grandes concentraciones urbanas, la depauperización de los sistemas de vida, la crisis de las identidades culturales. Bastaría recordar cómo de las 33 megapolis anunciadas para el 2015, 27 estarán situadas en los países menos desarrollados y de las cuales 19 estarán en Asia.

Este mapa humano, frente al que es difícil ser neutral, ha planteado nuevos y acuciantes interrogantes que la arquitectura contemporánea ha hecho suyos. En primer lugar, la ciudad ha pasado a ser uno de los problemas centrales de la discusión, convirtiéndolo en el espacio que mejor articula todas las variantes culturales, sociales, antropológicas con las que la arquitectura dialoga. En él convergen procesos complementarios que deciden la urgencia de un repensamiento.

Por una parte, en un proceso de desterritorialización progresiva de lo político, la ciudad pasa a ser el lugar más real políticamente hablando. La abstracción creciente que afecta a los sistemas de representación política, inscritos en la tendencia a una cada día más fuerte globalización, la defensa de lo local como espacio y marco de identificación básica adquiere una dimensión nueva que puede concretarse en todas aquellas dimensiones que definen social y culturalmente el proyecto de una sociedad determinada. Este espacio coincide con el territorio de lo local, llámese ciudad, región, etc. Pero de todas estas variantes, es la ciudad la que define mejor la particularidad específica de las formas de habitar. Nace así una complejidad nueva que, en la tensión global/local, se decanta hacia la defensa de aquellos sistemas de representación capaces de actuar como referentes funcionales de lo social, cultural y político. En la ciudad se proyecta, se construye el espacio social, se intercambian aquellos sistemas simbólicos que desde la apropiación individual hace posible una identidad cultural básica transitoria.

Pero, al mismo tiempo, la ciudad se ha convertido en el espacio por excelencia de representaci√≥n y expresi√≥n de las nuevas tensiones sociales, culturales, pol√≠ticas del mundo contempor√°neo. Parad√≥jicamente, a la variante primera que la convert√≠a en el espacio m√°s real pol√≠ticamente hablando, le acompa√Īa el efecto derivado de una nueva complejidad que problematiza el aparente efecto identitario que se le hab√≠a atribuido. La ciudad es cada vez m√°s el escenario de derivas y flujos, de encuentros y fugas producidos en el territorio que articula los sujetos que la recorren, sus formas de vida, sus necesidades y ansiedades. Las marcas, las se√Īales de diferenciaci√≥n e identidad o reconocimiento constituyen una econom√≠a de lo simb√≥lico que Richard Sennet o Paul Virilio han identificado en su dimensi√≥n funcional. Son ellas las que articulan el dif√≠cil equilibrio ‚Äď cada vez m√°s fr√°gil ‚Äď de las nuevas complejidades sociales.

Surge as√≠ un nuevo territorio urbano que Rem Koolhaas ha definido como la ciudad gen√©rica. Escenario de la nueva complejidad, se constituye en la forma urbana que transforma los esquemas de la ciudad hist√≥rica, su memoria y fuerza simb√≥lica, para desplazarse hacia el lugar neutro de coexistencia de grupos sociales, culturas, g√©neros, lenguas, religiones‚Ķ diferentes. La ciudad gen√©rica pasa a ser el nuevo laboratorio de relaciones, miradas, tolerancias, reconocimientos que confrontan directamente el modelo heredado de la antigua ciudad, dominada por la memoria de un tiempo sobre el que se constru√≠a la historia de una identidad. El nuevo cuerpo social ‚Äď como escribiera Foucault ‚Äď se presenta desde las marcas de diferencias m√ļltiples, reunidas apenas en el provisional y fr√°gil modelo de las nuevas relaciones sociales. No se trata de una identidad construida desde el segmento dominante de los tiempos comunes, sino desde la interferencia de tiempos y voces, memorias y narraciones diferentes.

Pero, al mismo tiempo, la ciudad genérica, que se construye de acuerdo a la lógica de la expansión y acumulación, representa otro modelo de concebir y mostrar la ciudad. Al debilitamiento de una identidad dominante, le sigue la producción de una estructura urbana radial y periférica, que Pierre Bourdieu ha analizado detenidamente entendiéndola como el lugar de representación negada de lo social. La ciudad genérica produce un nuevo ser social, construido desde la materia híbrida de las diferencias, de las ausencias forzadas por la distancia del lugar de origen, de su voz suspendida, de la mirada extraviada. Este nuevo ser social irrumpe en la ciudad genérica descentrando su sistema simbólico de poder, aquel que nombra y legitima los nombres y ritos de la historia hegemónica.

Habitar la ciudad genérica conlleva situarse en el espacio abierto de las estructuras difusas que generan los flujos humanos que recorren la ciudad. Este nuevo territorio constituye hoy un desafío creciente al trabajo de proyección y urbanización que la arquitectura tiene que resolver. Los referentes desde los que pensar las respuestas están ahora condicionados tanto por las complejidades nuevas como por las posibilidades de respuesta definidas a partir de las nuevas tecnologías. Es este nuevo lugar, en el que de alguna forma convergen los problemas y las disponibilidades técnicas, el que hace que el trabajo de la arquitectura se enfrente hoy a nuevas respuestas. Posiblemente lo que ha quedado atrás es una tradición difícil de restaurar y que hallaba en los principios del humanismo las referencias programáticas para pensar el proyecto. Hoy todo ha cambiado y proyectar tiene que ver con la necesidad de interpretación y decisión política sobre el territorio emergente del mundo.

Pero entre las ideas y los hechos se abre, de nuevo, la grieta de los usos y olvidos. Cuantas veces regresamos a una nueva lectura de los ideales de la arquitectura del siglo XX, hasta la crisis del movimiento moderno, llegamos a pensar que su dificultad, por no decir fracaso, fue no haber logrado ser una eficaz herramienta para la construcci√≥n de formas pol√≠ticas democr√°ticas o teor√≠as de la igualdad social, tal como Georges Bataille se√Īalara ya en algunos de sus escritos del Coll√®ge de Sociologie. La ciudad, el proyecto, fueron siempre pensados desde la necesidad, no de la forma o el canon, sino desde la propia noci√≥n de libertad. Es acertad√≠sima la opini√≥n de Jeffrey Kipnis al insistir en la pertinencia de considerar el valor social y cultural de la libertad como una de las metas de la arquitectura, una meta siempre comprometida en el conflicto entre lo individual y lo colectivo; una abstracci√≥n que se discute sin posibilidad de resoluci√≥n por teor√≠as pol√≠ticas y filos√≥ficas, pero que se halla en la base de toda forma de civilizaci√≥n. No en vano, habr√≠a que volver a pensar la democracia como una forma pol√≠tica y su construcci√≥n como el trabajo central de un sujeto que sume la compleja determinaci√≥n de las formas de vida entendidas en su sentido m√°s amplio.

Desde esta perspectiva, la arquitectura incide de manera directa en el territorio culturalmente determinado, pensando, decidiendo el posible sistema de formas que definen el proyecto. Pero √©ste debe pensar inevitablemente la tensi√≥n de aquel territorio para hacer posibles libertades provisionales en situaciones concretas, libertades como las experiencias, como las sensaciones o como aquellos efectos que acompa√Īan la experiencia. Esta frontera que recorre los extremos de la libertad como principio social, fue el territorio preferido de quienes coincidieron en la International Situacionista a finales de los a√Īos ‚Äô50. Su lucha por la conquista de la libertad en el marco privilegiado de la ciudad, pensado como el lugar natural de los conflictos socio-pol√≠ticos y de los nuevos cambios sociales. Desde la d√©rive de Guy Debord (entendida como una t√©cnica de tr√°nsito fugaz a trav√©s de situaciones cambiantes) al proyecto New Babylon de Constant, crecieron una amplia serie de ideas y proyectos cuya intenci√≥n principal no era otra que la de construir espacios abiertos para sujetos n√≥madas, cuya forma de vida siempre transitoria iba defini√©ndose de acuerdo a la l√≥gica de los acontecimientos, tal como sugerir√≠a m√°s tarde la Walking City, proyecto realizado por Archigram en 1963.

Al igual que los componentes del movimiento Arquitectura radical, que entre 1965 y 1975 cuestionan el modelo de sociedad industrial y sus proyectos urbanos, tal como ven√≠an desarroll√°ndose en los a√Īos ‚Äô60 en Europa. Andrea Branzi daba de ella una primera interpretaci√≥n: ¬ęLa arquitectura radical se sit√ļa en el interior de un movimiento m√°s amplio de liberaci√≥n del hombre de las tendencias de la cultura contempor√°nea, liberaci√≥n individual entendida como rechazo de todos los par√°metros formales y morales que, actuando como estructuras inhibitorias, dificultan la realizaci√≥n plena del individuo. En este sentido, el t√©rmino ‚Äúarquitectura radical‚ÄĚ indica m√°s que un movimiento unitario, un lugar cultural. En efecto, este lugar cultural remit√≠a al amplio debate de ideas que recorre de forma plural las diferentes disciplinas que orientaban la construcci√≥n de una civilizaci√≥n industrial, base de la actual. Frente a ella se afirmaban dos dispositivos complementarios: uno, dominado por la cr√≠tica de las formas y legitimaciones que acompa√Īaban a la instrumentalizaci√≥n del movimiento moderno, prisionero de aplicaciones y utilidades; otro, la b√ļsqueda de nuevos procedimientos para construir nuevos territorios sobre los que reinventar el orden de lo cotidiano. Tanto en un aspecto como en otro coinciden unos y otros al hacer suya la cr√≠tica de una ideolog√≠a de la forma, de un positivismo de la funci√≥n y de la mecanizaci√≥n, causas principales de un proceso creciente de abstracci√≥n y homologaci√≥n que dejaba la puerta abierta al abandono de las condiciones humanas del proyecto. Este conflicto entre privado y p√ļblico, entre individuo y sociedad, que ya hab√≠a sido planteado por los situacionistas, volv√≠a ahora con nuevos argumentos y proyectos, enmarcado en un contexto cultural y pol√≠tico nuevo.

Se trataba de una cr√≠tica que ya a partir de los a√Īos ‚Äô50 recorr√≠a por igual los planteamientos del arte y la arquitectura, situados entonces en una distancia cr√≠tica que interpelar√° por igual los principios del movimiento moderno y de las vanguardias hist√≥ricas, los nuevos humanismos o las ilusiones del socialismo ut√≥pico. Era necesario ir m√°s all√° de las confrontaciones est√©riles y abrir la cultura del proyecto a otros territorios, tal como los situacionistas hab√≠an interpretado. Lo que estaba en juego era la defensa de un nuevo uso social de la cultura frente al proyecto global de una nueva interpretaci√≥n de lo moderno. En 1968 Archigram defin√≠a as√≠ las ideas centrales de su trabajo: ¬ęPara los arquitectos la cuesti√≥n es saber si la arquitectura participa en la emancipaci√≥n del hombre o si se opone a ella al fingir un tipo de vida establecido de acuerdo a las tendencias actuales¬Ľ. En realidad, se trataba de planes y proyectos nuevos, de gestos liberadores frente a una situaci√≥n definida a partir de los principios del movimiento moderno.

Frente a una realidad construida desde presupuestos que el movimiento moderno terminaba por legitimar, se abr√≠a un nuevo espacio ut√≥pico en el que era pensable otra historia, otra ciudad, otra forma de habitar. La tensi√≥n ut√≥pica que hab√≠a atravesado las vanguardias volv√≠a ahora en el marco cr√≠tico y radical de quienes pensaban que la arquitectura se hace con ideas y que es el pensamiento el que define las formas del espacio y la experiencia. Posiblemente lo que ellos proyectaban eran s√≥lo sue√Īos que, en √ļltima instancia, son la narraci√≥n de un deseo que insiste y lucha contra la fatalidad; pero eran los sue√Īos que animaron la idea de una sociedad ut√≥pica m√°s all√° de las condiciones que la √©poca hab√≠a hecho suyas.

Una mirada hacia los experimentos de los a√Īos ‚Äô60, a los que nos hemos referido aqu√≠, cobra mayor actualidad si se piensa, como ya dijimos antes, que la arquitectura contempor√°nea es uno de los espacios en los que de forma m√°s directa inciden los interrogantes acerca de la nueva civilizaci√≥n. Se trata, de nuevo, de definir los nuevos espacios, las nuevas ciudades, las nuevas formas de habitar, sabiendo que en esta decisi√≥n se juega una parte del destino humano, esa peque√Īa y gran historia que los radicales de los a√Īos ‚Äô60 eligieron como experimento y proyecto propio.

Quiz√° sea debido a esta ansiedad e insatisfacci√≥n o al efecto de una conciencia cr√≠tica que se ampara en el deseo de repensar la tensi√≥n y competencias que un cierto pensamiento moderno ha atribuido a la arquitectura, que una y otra vez vuelve a ser citada la breve y tajante constataci√≥n de Mies van der Rohe, escrita para el programa de la Exposici√≥n de Construcci√≥n, celebrada en Berl√≠n en 1930 y publicada un a√Īo despu√©s en el n√ļmero 7 de Die Form: ¬ęLa vivienda de nuestro tiempo todav√≠a no existe. Sin embargo, la transformaci√≥n del modo de vida exige su realizaci√≥n¬Ľ. Al final, de una de las d√©cadas m√°s tensas y dram√°ticas del siglo, el joven Mies establece una relaci√≥n de observaci√≥n sobre los hechos ‚Äď ‚Äúla vivienda de nuestro tiempo no existe‚ÄĚ ‚Äď, para, contra los hechos, afirmar √©ticamente la exigencia de su realizaci√≥n. Ser√° ‚Äúla transformaci√≥n del modo de vida‚ÄĚ quien, en √ļltima instancia, precipite y afirme su existencia. Una transformaci√≥n inexorable que viene decidida desde las condiciones de una historia sometida, comentar√° Walter Benjam√≠n, a ‚Äúlos extra√Īos vientos de lo nuevo‚ÄĚ.

Apenas unos a√Īos m√°s tare, Le Corbusier volv√≠a a interrogar las condiciones del hombre moderno, su forma de habitar: ¬ęLos hombres est√°n mal alojados. Y est√° en marcha un error irreparable. La casa del hombre que no es c√°rcel ni espejismo, la casa edificada y la casa espiritual, ¬Ņd√≥nde se encuentra, d√≥nde puede verse? En ning√ļn lado o casi en ning√ļn lado. Es preciso, por tanto, romper el juego con toda urgencia y ponerse a construir para el hombre¬Ľ. La arquitectura no tiene otra raz√≥n de ser que la de construir para el hombre, una dial√©ctica compleja que recorre en zig-zag la historia de las ideas y los mapas del mundo. Una historia que se reescribe continuamente para emerger de acuerdo a l√≥gicas no establecidas y que ninguna respuesta consigue inicialmente reconducir. Lo importante es la disposici√≥n que re√ļne el pensar, el construir, el habitar. Construir, habitar, pensar (Bauen Wohnen Denken) era el t√≠tulo de la conferencia pronunciada por Mart√≠n Heidegger el 5 de agosto de 1951 en el marco de las Darmst√§dter Gespr√§che. La intenci√≥n heideggeriana no era otra que la de abrir una reflexi√≥n sobre el proyecto de una reconstrucci√≥n que, despu√©s de la cat√°strofe de la guerra, hiciera posible ‚Äúhabitar el mundo‚ÄĚ. √Čl, siempre cercano a Plat√≥n, hab√≠a hecho suya la afirmaci√≥n de la Carta VII, que defin√≠a como tarea de toda filosof√≠a la de ‚Äúsalvar la polis‚ÄĚ. Dejando a los diferentes momentos de la historia definir y concretar qu√© se entiende pro ‚Äúsalvar‚ÄĚ y qu√© por ‚Äúpolis‚ÄĚ, lo importante aqu√≠ es volver a pensar la relaci√≥n interna que rige la idea del habitar y su construcci√≥n. Toda cultura del proyecto recorre la tensi√≥n de un afuera que la historia transforma y el lugar de un pensamiento que imagina y construye la polis. Queda abierta la posibilidad de qu√© tipo de construcci√≥n y si √©sta terminar√° decidi√©ndose en una Blurring Architecture que recorre los l√≠mites dominados por las sombras, como sugiere Toyo Ito. Un lugar, como el de nuestra √©poca, que hace necesarias y urgentes una reflexi√≥n y la correspondiente decisi√≥n sobre las nuevas condiciones civilizatorias.

Versión definitiva de este texto enviada por el autor, que agradecemos muy vivamente

 descargar pdf

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Website