“Pesadumbre de barrios que han cambiado…”

La  nostalgia  como  condición  esencial  en  la  percepción  y  vivencia  de  los  paisajes.

Emma  Calver – Bonn

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¿Es pensable que toda generación esté condenada a sufrir la desaparición de los paisajes de su infancia-juventud, época en que nos iniciamos en el conocimiento del mundo exterior y lo hacemos nuestro en lo que nos resulta más próximo y más inmediato, paisajes cuya imagen unida al recuerdo de su vivencia nos acompañarán siempre como depósito simbólico de lo prístino, de lo que es de verdad?

En una sociedad dinámica y cambiante diríase que sí. Y no se trata solamente de que haya cambiado o desaparecido la realidad física que constituía el paisaje que se pierde, sino también de otros cambios más epidérmicos, como sucede en Berlin – Kurfürstendamm (la popular Ku-Damm): quien ha conocido esa avenida hace 40 años y la revisita ahora no puede evitar una sensación de pérdida de aquel paisaje tan buscado y querido entonces. Los edificios son los mismos (salvo error), pero los árboles han crecido tanto que destruyen la vista de la Gedächtniskirche desde el fondo de la avenida, aquella iglesia arruinada por las bombas en la II Guerra Mundial y conservada tal cual, convertida en templo de todas las religiones, para recuerdo y aviso contra futuras posibles locuras. Por ello mismo, esta iglesia era parte constituyente del paisaje, pues cada persona, al hacer suyo su mensaje y su vivencia, añadía una pieza de matriz propia al edificio de sí mismo. Además, el turismo de masas hace imposible el paseo lleno de tensión histórica que antes se ofrecía, gracias a las propias masas y a todo su masivo comercio. Además, la expulsión hacia otros lugares de ciertos negocios menos masivos, y el cambio en el uso de algunos locales y edificios: la Ku-Damm ya no es la Ku-Damm.

Los paisajes del (entonces) extrarradio de Buenos Aires en 1948, cuando se compuso este tango titulado Sur, eran otra cosa. El tango lo dice así:

San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo,

Pompeya y más allá la inundación.

Tu melena de novia en el recuerdo

y tu nombre florando en el adiós.

La esquina del herrero, barro y pampa,

tu casa, tu vereda y el zanjón,

y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón.

El protagonista vuelve a ver los paisajes de su juventud (“me llena de nuevo…), y a la vez que enumera algunos hitos señeros, empezando por los nombres de esos barrios, va introduciendo elementos claves de la percepción del paisaje. “Todo el cielo” habla de un paisaje que produce una sensación de espacio abierto, libre, quizá sin un horizonte arquitectónico que cierre el paso a la vista. Debe ser así, porque después de la esquina del herrero las calles o caminos no parecen estar urbanizados, sino llenos de barro. Y, luego, la pampa. Introduce un elemento esencial: el amor de una novia de primera juventud, pues luego nos enteramos de que por aquellos parajes el protagonista le había robado un beso, y eso es cosa de primeros momentos. El amor y la novia tienen un trasunto material: la casa y la vereda por donde se va a la casa, es de suponer. Finalmente, los yuyos y la alfalfa con sus aromas. El paisaje está completo: a su realidad física se une la vivencia estética y espiritual, el recuerdo de una vida que se inicia en aquel escenario. El recuerdo de la música que tendría el nombre de la novia pronunciado en un adiós. Y hasta el sentido del olfato. El paisaje es todo ello.

Sur,

paredón y después…

Sur,

una luz de almacén…

Ya nunca me verás como me vieras,

recostado en la vidriera

y esperándote.

Ya nunca alumbraré con las estrellas

nuestra marcha sin querellas

por las noches de Pompeya…

Las calles y las lunas suburbanas,

y mi amor y tu ventana

todo ha muerto, ya lo sé…

Con unas pocas imágenes, el protagonista describe el paisaje que se encuentra a su vuelta sirviéndose de lo que estuvo y ya no está. Una descripción en modo negativo: han desaparecido las calles, las casas, al menos la de la novia, y se ha alterado el entorno casi cósmico: las lunas ya no son suburbanas, porque ‘ahora’ son urbanas. Ya no alumbran las estrellas en la noche, vencidas es de suponer por las luces eléctricas del alumbrado público. Ha desaparecido la ‘luz de almacén’, de aquel almacén donde dicen que nació el tango, llamado a florecer después en urbanos salones. Y, ante todo, también se ha muerto el amor.

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,

Pompeya y al llegar al terraplén,

tus veinte años temblando de cariño

bajo el beso que entonces te robé.

Nostalgias de las cosas que han pasado,

arena que la vida se llevó

pesadumbre de barrios que han cambiado

y amargura del sueño que murió.

Perdido el cielo y aquellas lunas, perdida la vivencia de la naturaleza, transmutado el barrio-escenario, muerto el amor, sólo queda lugar para la nostalgia.

Pero esta es sólo una parte del drama. En el caso de Berlin-Kurfürstendamm, la nostalgia debida a la pérdida de aquel símbolo vinculado a la horrible guerra mundial, símbolo que al mismo tiempo nos hablaba de la superación de la desgracia y de la asunción del desastre desde los nuevos buenos tiempos que el West-Berlin ya proclamaba, tendrá que ceder tarde o temprano ante la evidencia de que han desaparecido los puntos de control para pasar al Ost-Berlín, de que es bueno y positivo ver ahora grupos y más grupos de turistas asiáticos que lo inundan todo y todo lo alteran en lo que ahora es ya el único Berlin. Y aunque quien conoció aquel West-Berlin guarde en el fondo de su alma una hermosa nostalgia, por motivos que no hace falta decir, no dejará de reconocer que ahora las cosas están mucho mejor.

En el caso del protagonista del tango las cosas son diferentes. El tango nos habla de una tragedia personal y una nostalgia de lo que era también estrictamente personal. Es de suponer, sin embargo, que si nos situamos al otro lado del espejo, ni el protagonista ni nadie se opondría a la urbanización de esa parte de Buenos Aires, y menos aún quien, en el momento presente, conoce Boedo Antiguo, visita sus animados locales y participa de su élan vital y cultural. Para hacer de aquel barrio suburbano lo que hoy es, no podía seguir siendo lo que entonces era.

¿Y qué decir de las gentes nacidas en lugares pobres, que a la vuelta de la emigración los encuentran cambiados y mejorados, incluso urbanizados, aunque esa mejora pueda tener aspectos de pura apariencia, y ser por ello cuestionable? Dicho con otras palabras: ¿qué pensaríamos de aquel que recuerda su infancia-juventud en el escenario de una vida pobre o incluso miserable, que los expulsó hacia otras tierras? En mi opinión, aun cuando el emigrante retornado salude con satisfacción el progreso que ha destruido el paisaje de su infancia-juventud, siempre, en algún recodo de su memoria, habrá algo cuyo recuerdo le produzca nostalgia “de las cosas que han pasado”. De las cosas, sí, y de las personas que compartieron aquella pobre vida; de su familia, de algún amor, o más simplemente de la consciencia de haber luchado como un valiente bajo aquellas duras condiciones, que ayer no lo fueron y hoy le parecen insalvables.

La nostalgia de los paisajes perdidos me parece uno de esos nudos formados por tantos hilos, y a veces tan contradictorios éstos entre sí, que no se puede deshacer. Porque en el fondo es la nostalgia de aquellos momentos de la vida de cada persona, de aquello que la constituye. Una especie de ruptura poética ha de darse cuando el nostálgico, acallando su sentimiento, apuesta por el cambio aunque sea para mejor. Y esa ruptura es también parte de sí mismo, de su ser más íntimo. Una amada ruptura, seguramente.

¿Debemos concluir que el urbanista que destruye o cambia paisajes, si no los entiende y en cierto modo los ama, puede actuar como una apisonadora inmisericorde?

* * * *

El tango Sur fue compuesto por Aníbal Troilo (música) y Homero Manzi (letra). Parece que la versión más apreciada es la de Edmundo Rivero.

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